(Recomendación: leer la primera parte de la crítica)
Decir que Descartes era una diáfana insignia del conocimiento empírico; y encuadrar a Pascal como un apocalíptico, que vislumbraba en el saber científico el fatalismo más brutal de la historia, es un error que adolece de rigor.
Ciertamente, la figura de Descartes no está mal catalogada por El encuentro de Descartes con Pascal joven. Este filósofo, a pesar de ser un hombre ofuscado por cualquier argumento procedente del intelecto, no podía observar con fervor a la Iglesia de aquel instante, que interpretaba su pensamiento con lupa amenazante. Pero sin embargo, Descartes sí era un hombre de fe. Su razonamiento sería: pienso en Dios, luego existe. A la Iglesia de aquel tiempo le hubiera bastado con redescubrir las palabras de Anselmo para no condenarlo (“Creo para entender y entiendo para creer”).
Eso sí, hubiera sido prudente alertar a este pensador que a través del gran utensilio de la razón no podemos alcanzar la verdad en su plena manifestación. Y esto es exactamente lo que Pascal le recrimina al reconocido filósofo de La Haye. El peligro de caer en un pelagianismo -siglo V-, que asegura la salvación a través de la libertad y las obras humanas, es una tentación que los jesuitas padecieron en el siglo XVII -controversia De Auxiliis- y que se manifiesta en Descartes como hijo fiel del pensamiento jesuítico.
Desde la otra orilla, ante el extravagante impulso que estaba tomando el conocimiento científico, que a veces se proponía desmentir las verdades espirituales, resulta lógico que figuras con espíritus pascalianos se asomasen al areópago de aquel tiempo. Pascal experimenta una etapa intelectual en la que no renuncia a todos los intereses matemáticos, catalogándolos de mundanales, sino que mira a sus actividades científicas desde una nueva luz, como parte de su servicio a Dios. Y desde ahí comienza a escudriñar su corazón y a verbalizarlo en formas teológicas.
Este intelectual, que circulaba a veces por la comunidad de Port-Royal, corazón para los jansenistas -círculo católico cercano al protestantismo-, era, como los dominicos de su época, un ferviente defensor de ideas latentes en Agustín y Lutero, que subrayan la necesidad de la gracia por encima de las obras. El problema que entraña esta doctrina es cuando se lleva hasta sus últimas consecuencias, hasta el punto de pisar la franja en la que se enajena la libertad, la razón y la autonomía del género humano. ¡¿No son acaso estas cualidades creadas a imagen de Dios?!
En estos siglos postridentinos existe una errónea pugna entre ciencia y fe, autonomía y gracia, libertad y soberanía divina. Las terminologías filosóficas violentaron el contenido de las Escrituras (Rm 3, 9-21; Gál 2, 15-21; 2 Cor 5, 17; Sant 2, 14-16), pues parecía que el Espíritu se cosificaba para fusionarse en el interior del hombre. Pero con la llegada de Sertillanges, Rahner y, por ende, el Concilio Vaticano II (DV 5; LG 3, 9, 14; GS 10, 38) se introducen categorías personalistas donde los antagonismos expuestos se derrumban por su propio peso. Con este giro copernicano ya no habrá oposición entre libertad y gracia, ciencia y fe, creador y criatura, teología y filosofía, siempre y cuando estas dimensiones queden imbricadas de modo armonioso, y unas no interfieran en el camino de las otras. Lástima que los promotores de El Encuentro de Descartes con Pascal joven no tengan ningún interés en mostrar el capítulo de esta parte de la historia.
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