El neoperiodismo

Puerta que cierra lo caduco y acrisola lo creativo

               

                 La crisis económica no ha asolado solamente al sector automovilístico o inmobiliario. Ante las aterradoras caídas de difusión del pasado año, el gremio de los periodistas navega en un viejo velero en el que muchos marineros están al borde del naufragio.

                El hecho de que se den cada vez menos consumidores de diarios y de que la publicidad haya descendido de manera notable, son indicios que apuntan a la extinción de la prensa escrita. Esto, si nos ponemos negativos. Sin embargo, yo soy de esas personas que piensan que se puede ser a la vez realista y positivo. Si nos paralizamos desconsoladamente en el dolor del naufragio, nuestra nueva balsa acabará también hundiéndose sin resistir la densa marejada.

                   ¡Hemos de ponernos manos a la obra! Remar, encender las antorchas, preparar los salvavidas, hacer contra peso, pensar, idear… Un espíritu abierto y creativo no está reñido con un conocimiento responsable de la actual situación. Y somos las nuevas generaciones las que tenemos que dar ese arriesgado paso hacia el sendero de la reinvención.

                       Nuestros predecesores, aquellos que en el siglo pasado incorporaron con tanto esfuerzo los avances tecnológicos a los mass-media, vienen a ser un autentico paradigma para el periodista de hoy. Una estrella en medio de un interminable océano de desconciertos. Sus iniciativas deben ser dosis estimulantes que inyecten en nuestro espíritu innovación y creatividad. Si ellos implantaron nuevas formas de comunicar a través de la radio, la televisión o la prensa gratuita; ahora nos toca a nosotros sacar partido a la compleja y, todavía por muchos, ignorada herramienta del siglo XXI.

                      Internet representa a esa novedosa fragata que nos recogerá y nos salvará de la tempestad. Una vez nos hayamos reconfortado, tendremos que explorar ese nuevo barco: su motor, arquitectura, camarotes, despensa, gimnasios, salas de baile, etc. Y olvidándonos del viejo velero, asimilaremos la estancia en este nuevo crucero, en el que acamparemos con nuestra vocación de servir al mundo desde la información. Adaptar un kioscomodelo de negocio–  en ese crucero, en el que todo aquello que se ofrece es gratuito, supone un ingente reto a desarrollar por el periodista que deteste naufragar en alta mar.   

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Iusnaturalismo y positivismo a debate

Hora del diálogo y de la reconciliación

Video: Algunas instituciones o ramificaciones religiosas tanto occidentales como orientales no se abren al diálogo, pues llevan por bandera ser poseedores de la verdad.             

              Los nuevos aires de la modernidad han traído una nueva mentalidad en la forma de interpretar las normas que han de ser legisladas a la hora de organizar y ordenar la sociedad. Hitos como el Bill of Rights (1689), la Declaración de Virginia (1776) o la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano (1789) han abierto la puerta a una tendencia constitucionalista de entender el estado y la participación de la sociedad en la esfera pública de ocidente.

               La ruptura con una cosmovisión teocéntrica de la realidad ha levantado el telón de un nuevo escenario que atiende a una mayor profundización sobre los problemas del género humano y su entorno. Sin embargo, a veces, como protestaría tanto Heidegger como Ortega, nos hemos olvidado de la centralidad de las cosas. En otras palabrasdel fundamento, núcleo, ser o background de lo más sencillo o simple que experimentamos.

               Este neurálgico cambio hacia la modernidad fue realizado atendiendo a las profundidades de un sin fin de problemáticas que generaba la sociedad medieval. El resultado de esta transformación agilizó el desarrollo legislativo de un cúmulo de derechos que venimos nutriéndonos hasta el momento presente. En este proceso han participado tendencias que profesan ser polos radicalmente opuestos. Si la ruptura con la asqueada estructura piramidal de la sociedad medieval se debió a los liberales que bucearon en el océano de aquella situación; lo mismo sucedió con las ventajas que produjo el marxismo al diagnosticar las deplorables injusticias que padecía el proletariado.

                 Estos movimientos son un paradigma a tener en cuenta por el hombre de hoy en su aspiración por alcanzar mayores logros para el disfrute del género humano. Desde esta perspectiva he de denunciar a algunos que valoran los acontecimientos de forma excesivamente epidérmica. ¿Cómo puedo encontrarme con intelectuales del mundo del derecho que intencionadamente ignoren una fundamentación ética de los derechos del hombre?; ¿cómo dialogar con los que están faltos de interés por hallar los fundamentos de la realidad humana para subsanar todo aquello que aflija al hombre? Los que deliberadamente se posicionan así, son los llamados positivistas ideológicos, que no consideran oportuno fundamentar el derecho desde unos mínimos morales. Ellos instrumentalizan el derecho hasta tal punto que este sólo significa el mero establecimiento de un orden social, ignorando aquellos valores que viajan soterradamente por la conciencia humana.

               Frente a esta corriente, nos encontramos con los positivistas metodológicos que, más moderadamente, piensan que una ley debe basarse en pretensiones morales. Ellos sostienen que el derecho no sería derecho hasta que no se cristalizase a través de leyes. Por el contrario, el iusnaturalismo cree que los derechos residen de manera inherente en la conciencia humana, la cual es capaz de dilucidar la verdad. Por ende, ha de convertirse en Derecho positivo todo aquello que interpretemos que es contenido de la realidad. Por tanto, el iusnaturalismo más arcaico intentará cimentar los derechos del hombre desde un punto de vista ontológico y el positivismo metodológico -ramificación tibia del ideológico– desde una visión deontológica.

                 Frente a las bifurcaciones iusnaturalistas y positivistas más radicales y aparentemente irreconciliables, el iusnaturalismo deontológico y el positivismo metodológico representan actitudes más moderadas que abren una esperanzadora puerta al diálogo. La primera de ellas expone, como todo buen iusnaturalista, que la realidad es suprapositiva. Sin embargo, en ella se argumenta que no tienen por qué darse razones insoslayables para que se plasmen en el derecho positivo todos los principios suprapositivos. Desde esta visión, por ejemplo, una deficencia física, enfermedad mental o relación entre dos personas del mismo sexo no tendrían que estar penalizadas -como muchos iusnaturalistas acérrimos postularían- mientras que dicha actitud no dañase a un tercero (Mill).

                 Las leyes están para ordenar la sociedad, pero han de ser fundamentadas en aquellos valores que sean compartidos por el género humano. Al mismo tiempo, toda constitución ha de reservar un espacio muy amplio a la privacidad de los ciudadanos pues, mientras que no se cometan faltas que afecten a un tercero, cualquier persona ha de poseer la oportunidad de descubrir aquello que es bueno o malo para caminar en la aventura de la vida. Ciertamente, la evolución histórica y la universalización de los derechos fundamentales han abanderado principios que inexcusablemente deben ser respetados y extendidos a toda civilización: libertad, seguridad, igualdad y solidaridad. En consecuencia, fundamentemos los derechos del hombre desde el iusnaturalismo o desde el positivismo, cualquier defensa o ley que represente una amenaza para el cumplimiento de estos cuatro principios no han de tener cabida en un escenario del siglo XXI que ose catalogar su obra teatral desde el seudónimo de sociedad moderna. Conclusión que debe presidir la mesa en la que se sienten a conversar un positivista metodológico y un iusnaturalista deontológico. Reto que hay que tener presente para diagnosticar las heridas que impiden la reconciliación entre Oriente y Occidente.