Larra desde hoy

Resignarse a ser  mercenario

000329280           Los ecos de la escritura de Mariano José de Larra resuenan hoy como un canto renovador, a pesar de que sus escritos vayan caminando hacia el cumplimiento de sus 200 años. Este apasionado periodista tenía una motivación que, quizás hoy, añoremos en la labor periodística: librarse del bozal de los déspotas. Si en aquella época estos autócratas estaban representados en bandoleros que enarbolaban la Década Ominosa o el yugo del pensamiento carlista; hoy, estos facinerosos los vemos encarnados en empresas, que no bucean más allá de la búsqueda de una remuneración material.

        En consecuencia, las circunstancias actuales son diferentes; pero la problemática es la misma. No obstante, desde la aparición del universo y del primer hombre pensante, tanto las realidades físicas, espirituales, como sociales están en constante evolución. El coro que forma el cosmos no permanece estático; sino que dinámico. Desde esta perspectiva, lo que Larra consiguió en España sería un capítulo ya resuelto, puesto que en la actualidad ningún gobierno se inmiscuye en la autonomía de un grupo social, al menos en apariencia. El hombre es un ser dinámico, pero a veces la niebla lo obceca hasta el punto de volver a tropezar del mismo modo.

                      Larra, como pensador de altura, sabe que la historia de la humanidad se entreteje desgraciadamente así. Pero no por ello arroja la toalla. Las libertades que otros países habían alcanzado en el siglo XIX eran añoradas por este escritor y, por ello, con su lacerante brío y la subversión de su sátira quiso implantar nuevos aires literarios.

                  Este articulista, que esgrimió su pensamiento en periódicos como El duende satírico del día, El pobrecito hablador, La revista española, El Observador, El Mundo o El Español, también se topó con problemas parecidos a los actuales. En este último periódico el director le devuelve a Larra un artículo. Pero el periodista, con su habitual literatura sarcástica, llega a pedir disculpas al empresario por haberse reído de algo que no estaba en el sentir general del periódico.  

                 Esto le ocurre a uno de los escritores españoles que han abogado con mayor premura por una prensa libre de censuras, anquilosada en la monarquía absoluta. Y este mismo escritor, que ha extendido con vigor la alfombra de la libertad en un país tardo en digerir el progreso, ve ahora que el problema se extrapola. ¡El rol del monarca es asumido por otros! ¡¿Sigo, entonces, sin poder plasmar en el papel mi pensamiento!? Siguen, entonces, estructuras que impiden el desarrollo de la autonomía de los periodistas, en detrimento de hacer pensar a los ciudadanos y no de dirigirles como de una máquina se tratase.

                La biografía de Larra debe servir al escritor y al periodista de hoy para poner sobre el tapete las desavenencias embutidas en la profesión. A cambio de remuneración económica o hasta de la caricaturesca necesidad de subsistir, el profesional de la información se ve amenazado por aquel que subvenciona su trabajo, de tal modo que no contempla otra salida que la de ser un pordiosero mercenario.

                   Los tiempos de la Gaceta parecen ciertamente no haber finalizado. El espíritu del The Spectator, El Censor, El Pensador, El Duende y sobre todo, del mismísimo Larra, ha de extender su hálito sobre el periodismo de hoy. Si las invectivas de Larra rondaron en torno al absolutismo monárquico, al carlismo, o al uso incorrecto del lenguaje; las críticas de hoy han de apuntar al yugo desmedido de la estructura y globalización de las masas. Igual que el excesivo colectivismo anula el alma del sujeto; un liberalismo mal enfocado condena a la autonomía del hombre a vivir desde la masificación.

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