El ateísmo II

La verdad: interrogante transformado en irreligiosidad infundada.

(Recomendación: leer antes El ateísmo I)

20070502092940-ateoUna vez visto en el artículo anterior el nacimiento del ateísmo, es preciso ahora adentrarse en dicha empresa y observar sus distintas oficinas y salas de reuniones. Desde los presocráticos la aspiración de todo ser humano ha residido en la búsqueda del conocimiento, con el objeto de descubrir la verdad y abrazar la felicidad. Desde esta premisa, una de las salas del ateísmo, presididas por Adorno, podría reprochar al fenómeno religioso las siguientes formulaciones:

Por qué las Instituciones, en vez de plantear la cuestión de la cosmovisión de la realidad (verdad), han recurrido a la necesidad de la religión (corriendo el peligro de convertirse en mera superstición; sentimientos y sensaciones irracionales; doctrinas esgrimidas en fórmulas mecánicas disfrazadas de oraciones, etc.).

Por qué las Instituciones, en vez de solicitar la verdad de la religión, han recurrido a la necesidad de lazos familiares (tradiciones socioculturales) ya que a veces, “por precaria autonomía se elige lo heterónomo”.

              En este sentido, no es coherente apartar la racionalidad de nuestra existencia, aunque tampoco sería lícito absolutizarla. Los utensilios racionales comportan una importante dimensión, a través de la cual nos podemos acercar a la totalidad de la realidad tal cual es. Por ello, el siglo XVI abrió una etapa importante, pero peligrosa para un conocimiento íntegro de la verdad. A personalidades de esta época (filósofos como Descartes, Spinoza, Leibniz, Voltaire, Lessing, Strauss o Kant; y científicos como Copérnico, Galileo, Kepler, Newton y Boyle) podríamos esbozarles las siguientes cuestiones: ¿Puede vivir el hombre exclusivamente de la razón?; ¿posee la ciencia natural sus límites de conocimiento?; ¿puede la ciencia moderna prescindir de Dios?; ¿ha sido necesaria la aparición del ateísmo modero? Pero sabemos que en los rudimentos de esta etapa moderna la mayoría de los pensadores dejaban una abertura al fenómeno trascendental. En consecuencia, afirmaban sigilosamente que la realidad no es unilateral; sino pluridimensional, salvaguardando el hecho de que razón y fe jamás quedasen despedazadas. No obstante, estrenaron un andamiaje filosófico que iba a volver a los inicios de la historia, donde se reconstruiría la Torre de Babel: salieron a la palestra otros pensadores que, directa y vehementemente, negaron la existencia de Dios (Freud, Feuerbach, Marx y Nietzsche como insignes representantes).

              A ellos, desde la otra orilla, desde la empresa religiosa, también  podríamos exigir a los anteriores pensadores un planteamiento honesto sobre la verdad, ya que sus metodologías hacen cuestionable la no existencia de Dios; pero no logran dar el paso definitivo que pruebe su inexistencia.

Feuerbach plantea la superación de la religión en sus escritos: “convertir a los hombres de teólogos en antropólogos, de teófilos en filántropos, de candidatos del más allá en estudiantes del más acá, de camareros religiosos y políticos de la monarquía y la aristocracia celestial y terrena en ciudadanos de la tierra conscientes de sí mismos”. Lo que hace el pensador es utilizar un método antropológico, eludiendo todo procedimiento trascendental y, de esta forma, profetiza la muerte del cristianismo. Así pues, sobrevive de una fe indemostrable, que es la fe en la naturaleza humana.

– El socialismo ateo esboza la extinción de la religión. Engels asienta su pensamiento en el materialismo histórico y en el opio de Marx y, este, en el de Feurbach (“el hombre hace la religión”). Joseph Dietzgen, amigo de Marx y Engels, actualiza el significado de la arista que muestra ahora este tipo de ateísmo: “Sí, la democracia social es la verdadera religión, la única Iglesia que salva, en la medida que persigue el objetivo comunitario no por caminos fantásticos, no con plegarias, deseos y suspiros, sino por el camino real, efectivo y verdadero, por la organización social del trabajo manual e intelectual… La socialdemocracia vive de la fe en la victoria de la verdad, de la esperanza en la redención de la esclavitud material y espiritual, del amor a la igualdad del derecho de los hombres”. Aquí también se utiliza un método (sociopolítico) que elude el trascendental y, al mismo tiempo, sobrevive de una fe, también indemostrable, que es la fe en la futura sociedad socialista.

Freud defiende la disolución de la religión, argumentando que el desiderium Dei, propuesto en su día por Agustín, es una aspiración e ilusión infantil y una mera creación del propio deseo. De este modo, el pensador reemplaza la fe en Dios por la fe en la ciencia, revocando así la primera: “No, nuestra ciencia no es una ilusión”. Esta reflexión queda trazada a través de un método psicoanalítico (el fenómeno religioso se atribuye a la neurosis y a la líbido), esquivando afrontar el problema desde un ángulo metafísico. Aquí también sobrevive una fe, igualmente indemostrable, que es la fe en la ciencia irracional. Además, otros psicoanalistas (G. Jung, E. Fromm y V. Frankl) han destacado justamente el argumento contrario que su fundador esgrime, ya que para Jung: “la falta de religión, de religión viva, es causa de múltiples neurosis”.

– En La gaya ciencia, Nietzsche anuncia el nihilismo. La nada se apodera no solamente de la reflexión de que hacía Schopenhauer sobre la existencia de un ser superior, sino que todos los valores se tambalean. Tras entonar un sonoro Requiem aeternam deo, proclama la superación del mismo, tras un frustrante romance amoroso con la joven rusa Lou von Salomé. Motivo que le incita a destronar los valores tradicionales en Así habló Zaratustra. Tras verse fracasado en sus experiencias sentimentales, endiosa la voluntad de poder humana, desde una visión social antidemocrática (aristocrática) y  antialtruista, limitada a engrandecer la egolatría.

               En síntesis, ni Feuerbach, ni Marx, ni Freud, ni Nietzsche han tratado una metodología adecuada para afirmar que la Biblia es simplemente una ficción y que Dios es su protagonista. Tanto la existencia como la inexistencia de Dios permanece hoy como un gran interrogante, al cual aún no se le ha dado una respuesta ni empírica, ni filosófica, ni racional. A tenor de todo esto, Machado susurraría los siguientes versos:

“Dice la razón: Busquemos la verdad.
Y el corazón: Vanidad.
La verdad ya la tenemos.
La razón: ¡Ay, quien alcanza la verdad!
El corazón: Vanidad.
La Verdad es la esperanza.
Dice la razón: Tú mientes.
Y contesta el corazón:
Quien miente eres tú, razón,
que dices lo que no sientes.
La razón: Jamás podremos
entendernos, corazón.
El corazón: Lo veremos.”
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El ateísmo I

Punto de partida de la problemática: la ejemplaridad

Si preguntamos a cualquier colega chasqueado del hecho religioso, señalará indefectiblemente a la Institución  como lugar que acaudala la culpabilidad de su decepción. Los grandes críticos de la religión han destacado la misma razón que el ateísmo popular arguye. El feto de esta irreligiosidad se puede elucidar rudimentariamente en el nominalismo y, consecuentemente, en el método cartesiano.

 Sin embargo, la primitiva crítica explícita que arremete contra el hecho religioso la encontramos en la Ilustración (Rosseau). Posteriormente, el siglo XIX muestra la faz de una crítica catalogada como clásica (Feuerbach, Strauss, K. Marx y Freud). En el siglo pasado y, por tanto, en los escritores actuales, los vestigios del ateísmo son trazados desde el pensamiento de Adorno, Horkheimer y H. Albert, provenientes principalmente de la Escuela de Frankfurt y de la teoría crítica. Este ateísmo que, a veces ha adquirido forma humanista (Sartre, Moliere, Voltaire, Nietzsche, Shakespeare, Schopenhauer), política (jacobinos, Marx, liberalismo antieclesiástico aburguesado) o científica (La Mettrie, Laplace, A. Comte) viene determinado por la crítica de cualquier no creyente, donde su vértebra muestra la siguiente elucubración: la interdependencia existente entre el problema de Dios y el problema de la Institución.

              El mismo Horkheimer es capaz de estudiar la esencia del ateísmo en Noticias, su obra tardía. En su reflexión viaja, subrepticiamente, una especie de mitigación de su anterior y feroz crítica al fenómeno religioso, sosteniendo la idea que aquí estamos proponiendo acerca del nacimiento del ateísmo:

“La religión cristiana no ha sabido traducir su convicción de la existencia de un Dios infinitamente bueno a la práctica de la historia que ella misma ha regido y acuñado. (…). Sus representantes no han hecho creíble el supuesto de un Dios infinitamente bueno y no han actuado en el sentido de un Creador y Hacedor divino, sino que ha perpetrado múltiples infamias y crueldades que han puesto la religión al servicio de los malos instintos del hombre. Tristes ejemplos de esto son las cruzadas y las quemas de brujas. El despecho del hombre hundido en situaciones indignas ha sido desviado hacia víctimas indefensas y otros objetos de agresión. Esta praxis ha causado a la religión graves perjuicios”.

              En otras palabras, podríamos formular la siguiente pregunta al ateísmo de cualquier tiempo: ¿tendría Dios otra apariencia para usted si en vez de observarlo desde la Iglesia en general lo encontrase en la persona de Jesús en particular? Avanzando aún más en el desvelamiento del mapa de ruta del ateísmo, podríamos ofrecerle sobre el tapete de su camarote la razón de ser de su navegación, que puede que incluso él mismo, como capitán del navío, desconozca: la poca armonía encontrada entre teoría y praxis en el hecho religioso. Si no es esa la razón de su actual navegación, si era al menos la excusa por la que huyó de aquel puerto religioso…

              Sin embargo, la praxis no es el criterio que ha de regir la verdad de la teoría. ¡No es legítimo identificar la cosmovisión religiosa con el aprovechamiento de su ejemplaridad! No obstante, toda teoría debe llevar al cumplimiento ejemplarizante de la misma. No me cabe duda de que esta humilde respuesta sería la que mi amigo José María Avendaño daría a cualquier no creyente, en sus Apuntes de Vida y Esperanza:

“Está claro que hacemos lo que podemos,
pero todo eso no es suficiente,
porque hemos de confiar más en Dios,
y ser portadores de la felicidad,
y que los juicios vivan lejos de nuestro corazón,
y que el agua de la esperanza calme la sed del angustiado,
y que (…),
y que el amor esté en toda nuestra vida,
y que entendamos que Dios habla nuestro mismo idioma,
y que no es enemigo del ser humano”.

“The divine assessment” or the divine assassination?

Irán revive la revolución del 68

Ahmadineyad ha catalogado el resultado de los comicios como “the divine assessment. Y no le falta razón. Que en la web de Mussavi aparezca, a las 23.00 horas el 12 de junio, que su partido reformista tiene el 65 % de los votos y que minutos después sea desmentido por un comunicado oficial del Ministerio del Interior, asegurando que el partido conservador ha conseguido el 69%, es, cuanto menos, no una valoración sospechosa, sino un hecho inusitadamente milagroso. Hoy domingo, el gobierno iraní ha fijado la cifra de un 63% de electores votantes del partido conservador.

                Ante esta facunda multiplicación de panes y peces, la reacción de la comunidad internacional no ha podido hacer otra cosa: Obama, H. Clinton y Solana, se han quedado absortos, llamando a la revisión de los sufragios; Chávez, HamásHizbulá y, suponemos que también, Kim Jong II se han unido para juntar sus copas y brindar por la supuesta victoria del superhombre. El temor de cualquier Zaratustra de pacotilla es que sus conciudadanos osen de emprender la peligrosa hazaña de to travel west.

             La democracia del west es como una serpiente venenosa que podría reavivar la energía insurrecta  del 60% de los estudiantes universitarios del país iraní, que son ya mujeres y reclaman un profundo cambio social sin paliativos. Pero sus líderes creen que el pernicioso sistema occidental podría aniquilar la esencia de la raza iraní. Por ello, cualquier Revolución Sexual, todavía incipiente en grupúsculos casi diáfanos de dicha sociedad oriental, ha de ser perseguido por los basiyis. Los Zaratustras del XXI creen que la senda reformista de Musavi es la fórmula más eficaz de perder el abundante petróleo, que puede seguir desafiando con virulencia y armamentos nucleares a la otra raza, a los del west. Razón suficiente como para insertar miedo en las mentes y en los corazones de la población: ¡hemos de advertir que Musavi no introduce progreso! Para ellos, el cambio social del reformista sería un indicador que anuncia el estacionamiento de Irán en la esfera internacional. Estarían sumisos a las hordas intelectuales y tecnócratas del west y, en consecuencia, gritarían desde el almenar de esas mezquitas tan alejadas del espíritu y la misión del Corán: ¡no podemos ser musulmanes tibios y convencionales!

               Las riendas de este mensaje han sido tan enérgicamente espoleadas que el brío del caballo le ha hecho galopar con una celeridad excesivamente demente, propia a la de cualquier ser no perteneciente a la raza humana. Dicha presteza se materializó este fin de semana, de forma inmediata, debido a la supresión de los soportes comunicativos de Musavi (su web y su presencia directa en internet). A este estigma hay que añadir la censura de entrevistas al partido opositor, restricción de libertades en los programas de televisión y, lo más deleznable, el cierre de tres periódicos de tendencias reformistas.

                Volvemos a revivir periodos que actualizan nuestra Década Ominosa. ¡¿Cuántos Larras estarán quedándose enmudecidos en Irán?! Ahmadineyad llama a la sublevación contra toda opresión externa; ¡se considera revolucionario! Historia vivida ya en nuestra España, tras el triunfo de los gloriosos revolucionarios de 1868, que nos rescatarían del terror absolutista ad eternum. Por extensión, el oligarca iraní viaja en la singladura de librar a su pueblo, ¿de un cesarismo parecido? El despotismo del west.

                Los caciques furtivos siguen repicando las campanas que alertan de opresión en el siglo XXI. Si Ahmadineyad se atreviera a leer la tercera parte de la obra de Stieg Larsson me gustaría situarme delante del dictador para observar sus expresiones faciales. Desconozco si el escritor y periodista sueco lograría convertir el alma medieval del oriental, pero si las neuronas del tirano le proporcionasen un mínimo de cordura, detectaría el mensaje subrepticio de la novela: hasta qué punto la violencia del estado y de las instituciones pueden alienar a sus mismos clientes, a sus ciudadanos, transformados en víctimas.

               Las revueltas que este fin de semana denuncian el “acto golpista” del fundamentalista, actualiza el hastío de una población que sale a la calle en el mayo del 68. Desde este fenómeno, pongamos de relieve la irreductibilidad humana que predica el existencialista. J. P. Sartre, que nos advierte: “soy responsable hasta de mi propio deseo de rehuir de las responsabilidades. Hacerme pasivo en el mundo, negarme a actuar sobre las cosas y sobre los Otros, es también elegirme”. Pero en Las palabras vemos que el filósofo expresa su pensamiento, sacudido por la angustiosa y vulnerable impotencia existencial:

“Durante mucho tiempo tomé mi pluma como una espada, ahora conozco nuestra impotencia. No importa, hago, haré libros; hacen falta; aún sirven. La cultura no salva a nada ni a nadie, no justifica. Pero es un producto del hombre: el hombre se proyecta en ella, se reconoce: solo le ofrece su imagen este espejo crítico. Por lo demás, este viejo edificio en ruinas, mi impostura, es también mi carácter; podemos deshacernos de una neurosis, pero no curarnos de nosotros mismos”.

               En momentos en los que la humanidad se siente amenazada por la crisis económica (capitalismo desmedido), crisis política (Venezuela, Irán, Corea del norte , Cuba e Israel) y crisis de valores (positivismo llevado a su máxima consumación), es preciso desempolvar la esperanza que el resto de Israel mantuvo y proclamar que el Amor reinará cuando los corazones descubran su verdadera esencia. Con esta máxima y con la esperanza del anhelado encuentro, zanjemos el atoro de J. P. Sastre, para que el género humano no solamente cure su neurosis sino que halle su verdadera esencia; a través de sus vías naturales (según Aristóteles: sensaciones; sentido común; imaginación; entendimiento agente; entendimiento paciente; abstracción; conceptos universales y ciencia), y a través de los caminos trascendentales (S.E.). Para ello, los Zaratustras del XXI tendrían que desocupar las parcelas que asfixian la libertad.