El ateísmo IV

El interrogante perdura

(Recomendación: leer antes el ateísmo I y II y III)

interroganteEntretanto, con la llegada del Concilio Vaticano II, se ha recalcado el valor positivo de la investigación científica para un conocimiento profundo del misterio del hombre. En este sentido, Juan Pablo II apuntaba en Fides et Ratio que las demostraciones científicas eran como una preparatio fidei, que como diría Ortega, ayudaría a descubrir esa verdad poliédrica ampliando la visión de sus prismas. Por ello, este cambio de rumbo ha de servir para que la teología y la ciencia no experimenten ni una oposición hostil, ni una aproximación distanciada y pacífica; sino una contribución dialogal, que rechace cualquier debate que quiera enfrentar posturas irreconciliables. El Concilio rompe, esperemos que de forma definitiva, la dicotomía antropológica entre la investigación científica y la búsqueda de la Roca que fundamenta y sostiene al género humano (GS 59):

              “Existe un doble orden del conocimiento, es decir, el de la fe y la razón, y que la Iglesia no prohíbe, ciertamente, el que en el estudio de las artes y disciplinas humanas se siga, dentro del propio campo, el método y principio de cada una; por eso, reconociendo esta justa libertad, afirma la justa autonomía de la cultura humana y, principalmente, de las ciencias”.

             En este orden de cosas, este artículo concluye lo que se ha estado exponiendo en anteriores entregas: la pregunta por la existencia de Dios no está en absoluto superada. Prueba de ello lo contemplamos en Consideraciones extemporáneas  de Nietzsche, donde critica a su coetáneo Strauss. Este último pensador publica la siguiente idea en La vieja y la nueva fe: el cielo de los no creyentes estaría aquí en la tierra, la esperanza cristiana sería una mera ilusión, Jesús representaría un exaltado fanático, su resurrección una patraña histórica, la abnegación de los antiguos eremitas una forma de amodorramiento. Nietzsche, irónica pero elegantemente, objeta así el pensamiento de este teólogo racionalista:

               “En la misma medida en que es tímido cuando habla de la fe, en esa misma medida se le llena la boca cuando cita a Darwin, el gran benefactor de la novísima humanidad: entonces pide fe no sólo para el nuevo Mesías, sino también para sí mismo, el nuevo apóstol”.

             Con la convicción de que la actividad científica no debe oscurecer la realidad divina, se van cerrando estos capítulos dedicados al ateísmo. Espero que, más adelante, al lector bloggero le quede aún energías para soportar otras tantas entregas más sobre el porqué de dejar abierta esa ventana por la que nos asomamos hacia la trascendencia. Retaré, así, al lector a reflexionar por qué hay tantos que nos arriesgamos, encaramándonos a esa ventana;  ¿por qué dar ese sí definitivo a Dios?

                   Dios se hace luz para el hombre (Jn 1) y es el hombre quién ha de asumir que sólo, a través de sus lentes, puede divisar Su Paisaje. Dios ni puede ser alcanzado ni puede ser tocado, como si se tratase de un objeto a poseer. La meta de todo hombre fue, sigue siendo y será descubrir aquellos misterios que van más allá de la carne, y que no se limitan a ser sanados por los instrumentos de la medicina. Ese misterioso instrumento es el de la fe (Gál 2,16), a través de la cual el hombre experimenta una vida en absoluto efímera (Gál 6,8).

             Cervantes afina su pluma en el último capítulo de su obra egregia, cuando Don Quijote y Sancho cavilan sobre el sentido de la vida, ante la muerte que acecha. El protagonista repasa su vida y hace testamento pidiendo perdón a Sancho por su aparente locura. La respuesta de Sancho es la única fórmula que cabría al cierre de nuestra reflexión:

                      “¡Ay! –respondió Sancho llorando- No se me muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años; porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más”.

                   El mismo Nietzsche, cuando se matricula en la Universidad de Bonn en filología y teología, experimenta que su fe está debilitándose. Ante dicha impotencia, durante el otoño de 1864, el estudiante entreteje una oración al perdido, evocado e incomprensible Dios desconocido, donde explicita su tensión entre el no poder ya creer y el querer aún creer:

 

“Antes de seguir mi camino
y de poner mis ojos hacia delante,nemawashi-interrogante
alzo otra vez, solitario, mis manos
hacia Ti, al que me acojo,
al que en el más hondo fondo del corazón
consagré solemnes altares,
para que en todo tiempo, su voz,
una vez más, vuelva a llamarme. 
Abrazar encima, inscrita hondo,
la palabra Al Dios desconocido:
Suyo soy, y siento los lazos
que en la lucha me abaten
y, sin huir quiero,
me fuerzan al fin a su servicio.
¡Quiero conocerte, Desconocido,
tú que hondas en mi alma,
que surcas mi vida cual tormenta,
tú inaprensible, mi semejante!
Quiero conocerte, servirte quiero”.

 

             La frustración de Nietzsche reside en haber creído que a través de sus instrumentos podría abrazar la verdad. Sin embargo, mientras que sus herramientas de conocimiento son tan opacas como muros contra el que colisionamos, para anochecer en el nihilismo; las lentes de la fe son los únicos vidrios que traslucen un amor tan desaforado como para amanecer en aquel que sólo entiende de esperanza, que solo actúa en el perdón.

 

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