La aventura de la fe I

A modo de introducción

feTras los cuatro capítulos en los que intentamos desentrañar lo que subyace detrás del rostro del ateísmo, ahora toca afrontar el interrogante del creyente de manera definitiva. Aunque la saga de estos nuevos artículos se vaya a fraguar desde la ladera de un aparente lenguaje religioso (“La aventura de la fe”), hemos decidido subirlo al AREÓPAGO DEL FILÓSOFO por razones profundas, que serán patentadas posteriormente. Pero, a priori, ¿se quiere decir que el término fe no es eminentemente teológico? Veremos que la fe puede tener un final teológico, pero no es necesario rebasar todas etapas del término para concluir que alguien es hombre de fe. De hecho, a veces utilizaremos terminologías análogas como confianza, credulidad o valimiento, que pueden ser logicamente extrapolables tanto a la esfera religiosa, como a otras extra religiosas.

              Hasta ahora, lo que  hemos hecho ha sido respetar la disertación del ateísmo. Pero, al mismo tiempo, hemos observado que  dicha solución no nos llega a convencer, por su carencia metodológica. Es decir, que la no existencia de Dios en absoluto se puede abordar desde un ángulo meramente empírico. Dios per se es, cuando menos,  un ente meta-empírico y, por ello, su problematicidad, que es su inabarcabilidad,  tendrá que ser abordada desde otras disciplinas. Pero ¿cómo?; ¿cuáles son esos cánones que hemos de respetar para abordar el enigmático interrogante?

              En concreto, hay dos modos de acercarnos al misterio de la existencia de Dios, sin que caigamos en la trivialidad o en la  perogrullada de absolutizar diferentes dimensiones del conocer (racional, fiducial o empírico) : 

–          Desde arriba. Esto es, enfrentarse directamente a él desde el dogma o doctrina. Es decir, aceptando de antemano unas verdades recibidas de algún modo concreto (Biblia, Corán, Vinaya, Sutra, Abhidharma, Bhagavad gita, Puranas, Maha Bhárata, etc.) Este método, llevado a último término, da un no sin paliativos al discurso religioso sobre la idea de Dios; promueve un no sin atenuantes a todo tipo de explicaciones analógicas; y grita un no a la razón que intenta escudriñar de modo natural en lo sagrado. Por el contrario,  este método, da un sí a la voluntad demostrar la revelación divina en la historia del género humano, sin necesidad de detenernos en una reflexión que comience desde el nivel cero. Así, se promueve, de modo directo, el encuentro del hombre con Jesús a través de la fe (Rm 3, 24-27). En el cristianismo, este sendero se ha conocido como teología dialéctica, siendo su máximo representante Karl Barth.

–          Desde abajo. Esto es, un empezar desde cero,  sin presuponer ningún cimiento ni pilar del edificio. Y empezar a indagar en el llamado Dios de los filósofos. Es decir, en la  reflexión que abre la puerta a la posibilidad de la existencia de lo meta-empírico y, en consecuencia, de un ser superior a nosotros. Pero, ¿esto se entreteje solamente, a través de la razón? ¿No quedamos que con el mero conocimiento racional estamos abocados a una conclusión anodina? Veremos, a partir del próximo capítulo que no, que hay otros tipos de conocimientos e instrumentos para hallar lo que se esconde detrás de la biografía del género humano. Así, se promueve, de modo paulatino, el encuentro del hombre consigo mísmo, con los demás seres de la creación y con un otro, que puede ser garante de su felicidad. En otras palabras, partimos de una casi vía natural, sendero que en el cristianismo es conocido como teología de la creación o natural  (Gn 1-2, sobre la creación de la materia; Jn 1, sobre la preexistencia del Logos; Rm 1-2, sobre la revelación de la creación).

              Nosotros vamos a elegir el segundo método, pues intentaremos abrir el pórtico de la fe al mundo de hoysiguiendo el consejo de Pablo de Tarso: “Dad respuesta a todo aquel que os pida razón de vuestra esperanza” (1 Pe, 3, 15).  Tras ese pórtico, hay muchos salones y pasillos por los que recorrer para proponer la definitiva estancia al invitado y, seguidamente, la elección de la habitación dónde desee, si fuera el caso, pernoctar. Pero,  ¿qué propósito tiene la visita a este palacio? Es decir, ¿qué pretexto tiene este método? ¿El objeto de que el huésped sea conducido hasta la habitación donde acepte la doctrina o dogma?

             El único fin que se pretende en estos capítulos es que, tanto el ateo como el creyente, puedan repensar los eternos interrogantes de la vida, que en su día fueron preguntados por Immanuel Kant de un modo parecido al siguiente:

–          ¿Qué podemos saber? ¿Concurre algo en aboluto? ¿Por qué no elegir el nihilismo (la nada)? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿Por qué es el mundo tal como es? ¿Cuál es el fundamento y sentido último de la realidad?

–          ¿Qué debemos hacer? ¿Por qué hacemos lo que hacemos? ¿Quién es nuestro responsable? ¿Ante quién debo responder? ¿Qué ha de ser objeto de repulsa? ¿Qué ha de ser objeto de amor? ¿Qué sentido tiene la amistad? ¿Qué sentido tiene la fidelidad? ¿Qué sentido tiene el sacrificio? ¿Qué es determinante para mi vida?

–          ¿Qué nos cabe esperar? ¿Para qué estamos en este mundo? ¿Qué significa nuestra estancia  en este acá? ¿Hay alguien que nos preste sus muletas en medio de tanta puerilidad? ¿Hay estabilidad en medio de tanta contingencia?  ¿Nos queda tan solo el sinsentido de la muerte? ¿Hay alguien en el más allá tras la puerta del más acá?

              Si estas preguntas nos la hacemos a nosotros mismos sin ayuda de nadie, caeremos en un subjetivismo, en el que nuestra conciencia sería la rectora e inventora de todo. Por ello, el poeta Machado, en su peregrinaje, intuyó:  

“¿Tu verdad? No, la Verdad
y ven conmigo a buscarla”.

 

8 comentarios

  1. Hola
    Pues esta bien la entrada, me gusto mucho tu blog
    cuando tengas entradas nuevas me dises ok?
    a y si tienes tiempo pasa a mi blog y opna sobre las entradas

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