La aventura de la fe III

Inmanuel Kant: modernista que piensa, sin jaquear a Dios

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 (Recomendación: leer antes La aventura de la fe I y II)

Acabamos de asomar la cabeza por el tubo del acelerador de partículas y hemos descubierto que es una máquina que no experimenta más allá de esas mismas partículas, pues no apunta hacia las preguntas radicales que son sentido y fundamento de nuestra vida. Porque este cacharro no anota el sostén de nuestra existencia, es esta la razón por la que nuestra búsqueda ha de ascender a otro nivel.

              En la segunda mitad del siglo XVIII Immanuel Kant se encontró en nuestras mismas circunstancias. Y se preguntó: ¿hay algo más que el idealismo que me rodea?; ¿algo más allá de lo empírico?; ¿quizás la trascendencia?

              La respuesta de Kant fue tan tajante como descalabrada para algunos de sus coetáneos intelectuales. Sobre todo,  la solución que da al final de su vida, cuando esgrime una crítica a la razón, tal como la entendieron sus afamados padres de la Ilustración, puesto que ¡el filósofo establece fronteras al poder omnímodo del racionalismo! Y,  sin condescendencia, lanza la estruendosa piedra que impacta sobre los cimientos del arquitecto que, posteriormente, edificará al Superhombre (Nietzsche). Veamos, de modo sistemático e intentando simplificar ideas y giros lingüísticos, su provocativo pensamiento:

1.- En la Crítica de la razón pura, Kant afrontará la metafísica tradicional como una ciencia que pretende bucear en lo suprasensible. Pero, sin embargo, no encuentra más respuesta que el noúmeno; que es “la realidad desconocida, aquella de la que nada podemos saber”. Y, como el pensador de tradición calvinista no encuentra el ser de la realidad, en su búsqueda, se arroja a una fe gestada en su propia conciencia. Y por ello, se atreve a formular: la demostración científica sobre Dios no es posible; no cabe emitir juicios científicos sobre Dios; Dios no cae dentro del espacio y del tiempo; Dios no es objeto de la percepción sensible.

De algún modo, aquí Kant pone sobre el tapete cierto agnosticismo, idea que asumirán otros, posteriormente. Cuántos hombres de  hoy tirán de este modo la toalla, aclamando: con mi razón no puedo llegar a un nivel que me asegure la existencia divina, luego ni creo ni dejo de creer.

2.- Pero, siguiendo la línea de rechazo sin atenuantes al endiosamiento de la razón, Kant desempolva a un Pascal ciertamente renovado. Y atestigua: la fe es una verdad del corazón. La fe es una verdad de la conciencia antes, durante y más allá de mi propia reflexión. Y para atar bien los cabos y explicar  el porqué y el para qué de la convicción de esos fundamentos, en su Crítica apunta así: “La fe en un Dios y en el otro mundo  está tan entrelazadas con mis convicciones morales, que así  como no corro peligro de abandonar a la primera, así tampoco me preocupa en que las segundas puedan ser jamás arrebatadas”.

Sin embargo, con esta convicción, muchos moralistas y politólogos han utilizado algunos elementos de Kant que han violado su idea vista desde la totalidad. Y, pasando de puntillas por el autor, han afirmado que las convicciones morales se gestan de manera tan intensa en el interior de cada hombre, de modo que su propia decisión moral, a pesar de muchos pesares, llega a ser sagradísima mientras no dañe a un prójimo. ¿Qué decir, entonces, de la autolesión? ¿Evitarla o, simplemente, tolerarla?

Como decimos, para estos interpretadores kantianos, la decisión radicalmente autónoma llega a ser la más importante para unos individuos que pertenecen a una comunidad con sus mismos intereses, a pesar de que otras familias advirtiesen que una actitud concreta fuera sustancialmente perjudicial para ellos.

En resúmen, si cogemos simplemente estos fragmentos de la obra kantiana, podemos estacionarnos en interpretaciones donde subyace el derecho positivo. Cuando este año he dado asignaturas relacionadas con el derecho he podido contemplar de cerca esta problemática. La escuela que Peces Barba creó en mi Universidad tiende a realizar esta interpretación de la moral kantiana (Historia de los Derechos Fundamentales). Cuando conocí a algunos profesores que tomaban solo ciertas notas del filósofo alemán, me sorprendió dicha actitud. ¡Del iusnaturalista Kant se fraguaba una filosofía positivista para el derecho! No obstante, hay que decir, en honor a la verdad, que en la obra de Peces Barba anidan intuiciones importantes.

3.-  Kant aprecia en la Crítica de la razón pura una señal. Por ello, dobla su volante y toma otro destino. ¡Se ve inspirado para hilvanar la Crítica de la razón práctica!. Ahora, el filósofo se pregunta por el placer y la felicidad. Pero, ostensiblemente, no encuentra más respuestas que el imperativo categórico de la moral. El deber es aquello que condiciona la felicidad del género humano. Pero claro, este deber está asentado, como concluimos en el anterior punto, en un orden superior: en la fe, experimentada en su conciencia. ¿Y cómo recibe el hombre ese mensaje superior? Este telegrama, aparentemente transparante, tiene como receptor directo al hombre, pues desde siempre, dicho contenido ha estado inscrito en su propio corazón. ¿Y si el remitente no puede leer o descifrar esa información? Ahí reside el quid del asunto.

El ser humano, según Kant, a través de un buceo interior se encuentra con la realidad. Pero ojo, la primavera de ese trabajo introspectivo solo tiene unos frutos muy específicos: el desvelamiento de la realidad moral. En otras palabras, según el filósofo, lo que importa son los pasos externos que va dando el hombre.

               Con este forma de entender la vida, Kant puso sobre el tapete de su época las bases de la conducta humana. En su obra Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres podemos extraer consideraciones en torno al concepto del Derecho. Pero como hemos patentado arriba, el iusnaturalismo de Kant dista del derecho de una sociedad que se enseñorea y diseña su propia hoja de ruta.

              En su teoría deontológica del derecho, a través del imperativo categórico –es decir, de lo que debe ser-, planifica la felicidad del hombre, que reside en un mínimum ético. Y, de este modo, el iusnaturalismo, que subrepticiamente ya fue defendido por los clásicos y escolásticos, siguió acrisolándose en el pensamiento de aquella época.

              Pero, ¿nos conformamos con una felicidad que se asienta en la práctica de los preceptos? En el próximo capítulo seguiremos caminando, para observar lo feliz que somos en el mar y lo desgastados que nos sentimos cuando nuestra obediencia es ejercida, sin sentido alguno, bajo un precepto. La intuición del poeta no puede ser más fina:

“De la mar al precepto,
del precepto al concepto,
del concepto a la idea;
¡Oh, linda tarea!
De la idea a la mar;
Y otra vez vuelta a empezar…”(Machado)

4 comentarios

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