La aventura de la fe IV

¿Es Inmanuel Kant la respuesta a nuestra interrogante?

respuesta interrogante

(Recomendación: leer antes La aventura de la fe I y II y III)

¿El pensamiento de Kant nos convence? Puesto que no puedo descubrir el ser de las cosas, ¿debo tirar la toalla y, como algunos interpretan de la obra kantiana, guiarme sólo por principios prácticos? ¿Es, entonces, en el imperativo categórico donde se vive la verdad total? ¿Es allí donde se halla la realidad plena? ¿Es en la oferta kantiana donde habita mi felicidad?

              A lo largo de mi corta experiencia, he extrapolado esta filosofía al cristianismo. Y me he encontrado a algunos amigos que ven en la figura de Jesús de Nazaret meramente a un ser humano, monumentalmente paradigmático para los demás. Este cristianismo, que emana de la revolución hippie de los años 60 en Estados Unidos, estima el evangelio debido a su riqueza moral y al apetitoso caudal apreciable en los actos y voluntades del judío de Nazaret.

              Este fenómeno fue planteado con anterioridad, en los primeros siglos del cristianismo por un monje de Alejandría llamado Nestorio, que llegó incluso a ser obispo de Constantinopla. Sus seguidores –los nestorianos– defendían el carácter humano de Jesús por encima del divino.

              Aquellos que, como mis amigos, piensan que la figura de Jesús es una mera hoja de ruta a seguir, he de decir que, indudablemente, me han aportado grandes cosas. Pero, no obstante, me gustaría formularles una pregunta, que podríamos desplegarla prolongadamente en otros contextos: ¿verdaderamente la ley moral es garante de la felicidad del hombre?; y por extensión, ¿me hace feliz, sin más, seguir el ejemplarizante pensamiento y actitud de Jesús de Nazaret?

              La respuesta de Immanuel Kant a los radicalmente empiristas no deja de ser un avance para el momento en el que se horna,  pero, ¿debe el buscador quedarse en la simple pesquisa de la virtud? ¿Hay algo más allá de la esfera moral? ¿No podemos saber nada más sobre Dios, sobre la realidad de su ser? ¿Nos llenará más tener otro tipo de acercamiento a Jesús de Nazaret? ¿Lograremos dar con aquello que está más allá de los fenómenos? ¿Podremos llamarle de otra manera al noúmeno? ¿Tendrá razón Tomás de Aquino cuando argumentaba que bien, belleza y verdad son tres realidades congénitamente inseparables?

              Cuando uno ama, ¡en absoluto hace acepción de elementos personales de la amada! Por el contrario, se arroja confiadamente en todas las dimensiones de ese ser que te tiene tan titanicamente encandilado. ¿Es posible amar solamente el cuerpo –soma– de alguien? ¿Es posible amar exclusivamente la mente –psiqué– de alguien? ¿Es posible amar únicamente el espíritu –pneuma– de alguien?

              Aquel que conoce la verdadera fisonomía del amor sabe que las preguntas de arriba se contestan con un NO mayúsculo. Uno ama al ser de la persona en su integridad total. ¡Puesto que en dicho ser, el amado aprecia belleza, bondad y verdad! Si no es así, el amor se deshoja progresivamente. Porque al llegar el sufrido otoño y la insoportable frialdad del periodo invernal, la defunción del afecto podría ser incluso más apremiante.

              Esta analogía puede servirnos para ilustrar el amor puro del ser humano hacia las profundidades de la vida: hacia el ser de la realidad total; hacia el corazón del universo en su integridad; hacia el espíritu de la naturaleza en su universalidad. Y eso implica amar la realidad en todos sus sentidos, no quedándonos en la simpleza de su superficie; no pernoctando en la puerta de un edificio, en cuyo interior se ostenta un tesoro, que es opaco e inapreciable en su fachada. Pablo Neruda, en La pregunta, plasma en forma de poesía lo que aquí pretendemos exhibir:

Amor mío,
compréndeme,
te quiero toda,
de ojos a pies, a uñas,
por dentro,
toda la claridad, la que guardabas.

 

              Pero ojo, es imposible que uno pueda enamorarse de una obra arquitectónica, si la ha visto ingenuamente en un documental o en un álbum de fotos. Cuando fui a Paris decidí invertir tiempo y dinero en algunas visitas culturales que esperaba con expectación. Desde hace tiempo deseaba visitar la Sainte Chapelle, pues su gótico llamó enérgicamente mi atención desde el primer momento que vi su grandeza en los libros de historia del arte. Sin embargo, el grupo de amigos que visitamos la ciudad parisina, por falta de tiempo, decidimos descartar la visita a esta joya arquitectónica, por otra algo más lúdica: ¡una  visita a Disneyland! He de decir que hoy me cuesta reconocer que, mi espíritu infantil, hiciera que mi voto dirimiese y menguase la visita a la Sainte Chapelle. Pues bien,  jamás podré estar enamorado de esta capilla gótica, si sigo desconociendo su interior. Mi amor sería idealista y platónico, pero nunca real. Quiero decir con esto que uno no puede amar aquello que desconoce.

              Transcurrido este paréntesis, que parece no tener nada que ver con el interrogante Kant, volvamos al principio. Y, tras este ilustrativo paseo por el significado profundo del acto de amar, formulemos decidida y definitivamente preguntas a Kant: ¿hay algo más allá de imperativos y preceptos morales? ¿Hay algo más allá del cumplimiento? ¿Dónde queda el disfrute de la felicidad? ¿Reducimos el amor al imperativo moral? ¿La realidad del amor no se ofrece desde un modo más indicativo? ¿Es la moral o el amor a unos principios lo que realmente me mueve? ¿Cuáles son estos principios y dónde está su origen? En síntesis, ¿me mueve el camino del precepto?, ¿o más bien lo que zarandea a mi vida son los hilos del amor?

              En los próximos capítulos veremos si más allá de la obediencia, imperativo y cumplimiento hay una respuesta que nos hace más humanos y, al mismo tiempo, es garante de nuestra libertad y de nuestra felicidad. Hasta ahora sólo nos hemos aproximado a la puerta. Basta decir que hay otras cosas que están por encima de la ley, norma, derecho, constitución o cualquier precepto que se imponga a la felicidad. La ansiada felicidad…, ese estado de ánimo que supera cualquier barrera; ese estado que resume la alegría y el placer de amar.

Descubrir el corazón de tu realidad:
es recorrerlo,
 hasta lugares insospechados;
es conquistarlo,
 y darle un beso de enamorado;
es quererlo, gozarlo, alegrarlo,
 es amarle hasta la extremidad.

 

5 comentarios

  1. Has perdido el hilo conforme tipografiabas líneas y más líneas. Interrogante es un nombre de género masculino. Nadie conoce integridades parciales. Lo inerte y el Arte carecen de interior, y el síndrome de Stendhal es un éxtasis de amor. El amor idealista y platónico es real y existe, pero el amor no es real o irreal, sino material. Decir que no se puede amar algo que se desconoce es tan ocioso como evidente, primero porque el amor es experimental y, segundo, porque es interactivo. Es de mala educación prodigarse adulaciones; ese paseo por el amor no meha resultado ilustrativo, lamentablemente.

    Es que fundamentas la argumentación en conceptos que primero se han de definir, porque el uso que tú les das es discutible y exige consenso. Es un consejo si quieres ampliar el público que se congregue aquí; si pretendes un estilo de conciliábulo conformista… vas por el buen camino.

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