La aventura de la fe VI

El encuentro con la realidad radical

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(Recomendación: leer antes La aventura de la fe III; III; IV y V)

Tras la vigorosa definición de la realidad que hace Hans Küng al final del anterior capítulo, abrimos un nuevo frente en nuestra reflexión: después de haber buscado tanto, ¿no voy a encontrar ninguna respuesta al porqué de mi creencia? ¿Tanto especular para afirmar definitivamente que “no es posible definirla –la realidad– de antemano, ya que lo omnicomprensivo es por definición indefinible, indeterminable”?

              El viento de nuestra reflexión pretende que el velero oriente al viajero hacia el puerto de la fe. O, mejor dicho, desea señalar hacia esa Ítaca tan anhelada por Ulises. No obstante, el capitán desea que, en última instancia, sea el marino quien decida en qué puerto o isla definitivamente apearse. En cualquier caso, adelanto que yo ya voy teniendo mi respuesta: mi travesía termina allá donde, de antemano, divise con mis prismáticos una isla que se distinga por su belleza; esté colmada de bondad y relumbre por su verdad.

             ¡Belleza, verdad y bondad! Las tres cualidades hacia las que confluían la voluntad humana, según Tomás de Aquino. Pero, ¿y si no llego encontrar mi ansiado arrecife?; ¿y si nos llevamos la sorpresa de que el mar Jónico ni siquiera existe?; ¿y si mis impresiones me confunden y doy con un islote harto de fealdad, error y maldad?; pero, ¿y si no llego a atisbar nada?; ¿y si esta ambición me lleva a no tocar puerto jamás?; ¿y si se estropean los prismáticos?; ¿y si falla la brújula?; ¿estaría, entonces, abocado hacia la nada?; ¿estaría condenado al naufragio?

              La singladura de nuestra vida no consiste en la mera visión de las cosas, como si se tratara de un espectador. ¡Mi vida es para vivirla!; ¡para experimentarla! Así, a partir de la reflexión de Martin Heidegger, se ha dado el gigantesco paso que nos ha situado tanto en lo experiencial como en lo vivencial. De modo taxativo se ha dado un punto de inflexión en la reflexión metafísica. ¡Fue hora de repensar el modo y la tarea del filosofar! ¡Fue momento para verbalizar lo lejos que estaba el hombre del pueblo en la reflexión intelectual!

              Así pues, del mismo modo en el que Heidegger se interrogó, es hora de que nos lancemos por los entresijos que seguirán aproximándose al cierre de nuestra conclusión y, por ende, al dilucidamiento del mapa ruta que nuestra nave quiere afrontar. ¿Para qué? Recordemos el objetivo;  llegar al ansiado mar Jónico, que abrirá los portones de Ítaca. Por ello, lancémonos:

¿Cuáles son los múltiples significados del ente en Aristóteles? ¿Dónde se manifiestan los entes –o todas las caras de la realidad-? ¿Cuál es el sentido del ser? ¿Cómo puede el ser ser redescubierto por el hombre? ¿Algo más allá del ente y del ser? ¿Algo más de la cosa en sí misma? ¿Tengo yo algo que ver con lo que y quienes me rodean?

               Con personajes como Lutero, Juan de la Cruz, Teresa de Jesús, John Wesley, Heidegger, Barth, Guardini, Buber, Marcuse, Teresa de Calcuta, Juan XIII, Pablo VI y personalidades que se han tomado muy en serio su existencia hemos superado una visión superficial de la realidad. Eran pensamientos válidos en muchos aspectos, pero anquilosados en una reflexión fría y extrinsicista del hombre, demasiado desconectada, generalmente, de su experiencia. En otras palabras, tras el viaje a Ítaca, uno no podría hablar de la isla, si la desconectásemos de nuestra experiencia y de nuestras peripecias durante la aventurada travesía. Cuando uno visita una ciudad, más que sus calles y estilo arquitectónico, lo que verdaderamente acaba recordandose en casa son las anécdotas y los buenos momentos del viaje. Y desde ahí puedo  aborrecer o apreciar, repudiar o admirar, la cultura y patria visitada.

              Explicándonos desde el argot filosófico, si la intrínseca unidad se da solo entre ente y ser,  entonces, ¡¿donde dejamos nuestra existencia?! El ser humano es un peregrino que desea encontrar una isla llamada Realidad radical. Pero, lo que realmente quiere es viajar para pernoctar en ella -desde su existencia– y no ver su panorámica desde una avioneta -fuera de ella-, como si fuera algo aislado a la experiencia del visitante. Porque, ¡¿quién ha visto a un peregrino cobijarse en un suburbio y no en el corazón de la metrópoli?!

             Esta idea, fue gestada durante siglos, concluyendo en un existencialismo trascendental y en un personalismo, ahora muy en boga de las técnicas pedagógicas y educativas.  Las personalidades anteriormente enumeradas influyeron de forma decisiva en esta comprensión de la realidad. Para terminar el capítulo, quedémonos con unos apuntes de Martin Heidegger, a través del cual podemos hallar cuatro pasos que giran entorno a lo que nosotros venimos exponiendo. Pasos que, por cierto, no se hacen en tan solo un día, sino que implican toda una vida:

1.- Descubrir aquello que está detrás del ser.

2.- Dilucidar la unidad en la multiplicidad del ser.

3.- Reconocer la trascendencia de la propia existencia humana.

4.- Vincular nuestra trascendencia en orden al ser.

 

Una respuesta

  1. […] leer antes La aventura de la fe I ; II; III; IV; V; VI; […]

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