La aventura de la fe VII

El amor a la realidad radical

amor-enamorado

(Recomendación: leer antes La aventura de la fe I ; II; III; IV; V; VI)

Sobraban palabras explicativas en el anterior capítulo, cuando desde Heidegger exponíamos la hoja de ruta a iniciar para el encuentro con la realidad radical. De los cuatro pasos, pueden surgirnos infinidades de preguntas que interpelan los cimientos de nuestra existencia. Pero, de modo sucinto, sigamos interrogándonos:

              ¿Es posible trascender la propia existencia? ¿Hay, entonces, ser? ¿Será verdad lo que pone de manifiesto Schopenhauer al presentar la nada como la realidad última, que redime las penalidades de este mundo? ¿Querremos eludir el naufragio de nuestra nuestra nave, para no inquietarnos de antemano? ¿Querremos ver una isla, donde no la hay? ¿Querremos buscar verdad, bondad y belleza donde solo hay error, maldad y fealdad?

              En cierto modo, el emudecimiento de tanto el hombre de fe, como el de Heidegger, estalla ante el clamor del pesimismo y el azar de Schopenhauer, y de sus actuales reminiscencias.  Heidegger espetaría en  ¿Qué es metafísica?:

“El mantenimiento de la existencia de la nada a raíz de la angustia latente es el trascender del ente en el todo: la trascendencia”

              A lo largo de la obra de Heidegger hay una constante que marca a golpe de tambor sus escritos: el hombre es un ser que camina al encuentro del ser. Un ser no accidental a nosotros, sino existencial. Así pues, podemos decir que tanto para Ortega como para Heidegger ente, ser y existencia -vida y vivencia- comparten una unidad indisoluble. 

             Y hemos llegado al puerto donde nos jugamos la elección: la celebración de la vida ha de ser una expresión directa del corazón. ¡La vida no puede quedar atrapada en meras elucubraciones racionales! La expresión de una vida que estuviara aislada de las dimensiones existenciales del hombre –cuerpo, sentimientos y razón– se eclipsaría en un teatro o en una parafernalia farisaica, donde en absoluto se viviría. Por el contrario, se actuaría.

              Es preciso que el hombre de nuestro tiempo ofrezca a la vida todas sus angustias, fracasos, emociones, esperanzas, jovialidades y sentimientos espirituales. Y así,  como podría decir Heidegger, trascender el mal a través de la trascendencia.

              En este sentido, Ernst Bloch, que vivió in situ el drama abrupto de la Alemania del siglo pasado, desgranó su pensamiento filosófico: el trascender del hombre, como el gran tema de nuestro tiempo. De este forma, a pesar del sufrimiento, el alemán pretende rebasar las barreras de la indigencia y superar las fronteras del apetito y del asombro. Porque si el hombre consigue trascender, su indigencia, apetito y asombro; estas contingencias serían invertidas por un anhelo, expectación y esperanza que va más allá de su mero existir.

              En definitiva, encontrarnos con la realidad radical es toparnos con nosotros mismos y con la finitud de nuestro mundo. Pero también, es encontrarse con el más allá de nuestro ser y del mundo: más allá de la clarividencia  de un libro, de la armonía de la música, de la representación teatral, del símbolo artístico, de la belleza de un paisaje, de la conversación con un amigo, del beso del enamorado y, en suma, de todas las sensaciones experimentadas por el género humano.

              El colofón del encuentro con esa isla es ir más allá de la visión de la verdadera cara de la realidad radical. El tesoro de la isla no es encontrar piedras preciosas y esmeraldas, sino que tropezar con aquello que es capaz de calmar océanos de odio.

              Entretanto, hemos llegado, a la Ítaca que veníamos intuyendo: el encuentro con la realidad radical es el encuentro con el amor. Y, precisamente, amar al amor es el mayor placer que el hombre puede experimentar. Nos lo argumenta el interpretador de aquel filósofo del amor, que ganó el Premio Nobel de la Cruz:

“Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como bronce que suena o címbalo que retiñe. Aunque tuviera el don de profecía, y conociera todos los misterios y toda la ciencia; aunque tuviera plenitud de fe como para trasladar montañas, si no tengo amor, nada soy. Aunque repartiera todos mis bienes, y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, de nada me sirve. El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso; no es egoísta; no se engríe; es decoroso; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta. El amor no acaba nunca. Desaparecerán las profecías. Cesarán las lenguas. Desaparecerá la ciencia. Porque parcial es nuestra ciencia y parcial nuestra profecía. Cuando venga lo perfecto, desaparecerá lo parcial. Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño. Al hacerme hombre, dejé todas las cosas de niño. Ahora vemos en un espejo, en enigma. Entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de un modo parcial, pero entonces conoceré como soy conocido. Ahora subsisten la fe, la esperanza y el amor, estas tres. Pero la mayor de todas ellas es la del amor”.

(De Pablo de Tarso en 1 Cor 13 ) 

Una respuesta

  1. […] (Recomendación: leer antes La aventura de la fe I ; II; III; IV; V; VI; VII) […]

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