La aventura de la fe VIII

Mi opción fundamental                            

salto_de_fe(Recomendación: leer antes La aventura de la fe I ; II; III; IV; V; VI; VII)

A lo largo de los capítulos de El Ateísmo, tratamos de entablar una conversación –de modo destructivo- con los frentes culturales que han negado y siguen negando la existencia de Dios. A lo largo de esta nueva singladura, hemos conversado -de modo constructivo- acerca de la posibilidad de franquear la puerta que cimienta el sentido y fundamento de la vida del ser humano; una realidad que en absoluto es parcial y superficial; ¡una realidad que es sustancialmente radical!

               Por tanto, hemos abierto amplios ventanales por los que se pueden colar humo de las fábricas, pero también hálito procedente de la biosfera. Y hemos concluido que el humo se ve, pero el hálito solamente se intuye. Y hemos afirmado que ciertos humos dañan encarecidamente al medio ambiente. Y hemos ido a la búsqueda del hálito, pues creemos que no es preciso quedarse en la contemplación del mismo, como los clásicos, sino que toparse existencialmente con él, desde el conocimiento y, subsiguientemente, desde el amor. Sin embargo, hay que reconocer que este encuentro con la realidad, desde lo más profundo de la existencia, se vive, porque se intuye. Y esa es la única certeza que tenemos: ¡no tenemos ni tan sólo una prueba, en el sentido estricto de la palabra! Recordemos a Pablo de Tarso:

 “Ahora vemos en un espejo, en enigma. Entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de un modo parcial, pero entonces conoceré como soy conocido. Ahora subsisten la fe, la esperanza y el amor, estas tres. Pero la mayor de todas ellas es la del amor” (1 Cor 13).

              Dicho esto, llega el momento de optar. Encontrarse con una realidad metafísica, haber llegado a este punto, te reclama una toma de postura. En este sentido, Sartre, de algún modo, inaugura el concepto de opción fundamental o elección originariachoix fundamental-. Pero Kierkegaard advierte un sentido más profundo, pues no le da un significado puramente subjetivo de decisión, sino que designa la opción del hombre ante la realidad en general.

              Por ello, en algún momento de nuestra vida tendremos que enfrentarnos a nuestras propias preguntas que son sentido y fundamento de nuestra existencia: qué somos; de dónde venimos; hacia dónde vamos; qué podemos saber; qué debemos hacer; qué nos cabe esperar. Y así, tomar una postura y hacer mi libre elección frente a la propia existencia, delante del mundo.

              Desde este camino introspectivo, recuerdo los momentos en los que yo di ese sí a Dios. Evoco, ahora, instantes novedosos de mi juventud en los que dudaba de mi propia experiencia de fe. Esa fe que, desde pequeño, me hacia confiar en que Dios había plantado la verdad de mi vida, en mi corazón. Al hacer memoria veo imágenes de momentos y lugares especiales en los que, desde esa introspección y oración, di el salto confiado de la fe.

              Entretanto, fui viendo que Dios y su existencia era la respuesta a todos mis interrogantes más íntimos. Y esta es la razón por la que mi corazón se abrió a la profunda realidad radical, que empezaba a ser intuida en las profundidades de mi ser. Y desde este salto confiado, tan aventurero y arriesgado como el de tantos trapecistas, empecé a fundar mi actitud ética en esa realidad radical. Fue una catarsis paulatina que determinó mi caminar, nada pesado, como muchos amigos me advierten. Era una andadura que no me quitaba nada. Por el contrario, aportaba y sigue aportando felicidad y amor a mi vida.

               Aunque el camino por esta nueva Ítaca no era siempre de color de rosas; aunque también se daban paisajes pedregosos, mi actitud de creyente hacía que los dramáticos momentos se tiñeran con el color de la esperanza.  A veces, he tenido cierta impresión y escepticismo pesimista de que el problema del mal pudiera ser subsanado por Dios. Sin embargo siempre he llegado a la conclusión esperanzadora que el mismo Ruben Darío es capaz de explicarnos desde el arte de su poesía:

Cuando llegues a amar, si no has amado,
sabrás que en este mundo
es el dolor más grande y más profundo
ser a un tiempo feliz y desgraciado.
 
Corolario: el amor es un abismo
de luz y sombra, poesía y prosa,
y en donde se hace la más cara cosa
que es reír y llorar a un tiempo mismo.

 

Lo peor, lo más terrible,
es que vivir sin él es imposible.

 

              Ante la pluralidad de caminos que expresan esa realidad radical que da sentido y fundamento a nuestra vida de modo parcial o completo, la respuesta del  porqué de mi cristianismo es decisiva. De antemano, por adelantado, a priori y de modo superficial puedo dar una respuesta:  porque me lo han transmitido por herencia. Pero en segundo lugar, he de expresar que cuando he dejado de ser niño, he digerido dicha herencia y, no sólo he optado por no renegar de la misma, sino que ha sido mi sustento esperanzador para caminar por el sendero de la vida. Jesús de Nazaret ha dado sentido a todo mi derredor.

               Más adelante, si así el lector lo demanda, abriremos una nueva sección donde se expondrá el porqué de la elección cristiana. Porque, lo que verdaderamente me aporta felicidad en mi existencia no es una religión elaborada con escuadra y cartabón, como aparentemente acabamos de hacer en estos capítulos. Para mí, la plenitud de la realidad radical está en la sencillez que llama a la puerta del corazón de cada persona. Dios, la suma belleza, bondad y verdad, se ha hecho sencillo en la persona de Jesús de Nazaret. Dios por Cristo Jesús es mi llamada y, por ende, su mensaje universal; mi elección.

“Lo que hace feliz una existencia es avanzar hacia la sencillez de nuestro corazón y la de nuestra vida. Para que una vida sea hermosa, no es indispensable tener capacidades extraordinarias o grandes facilidades. Hay una felicidad en el humilde don de la persona. Cuando la sencillez está íntimamente asociada a la bondad del corazón, incluso personas sin recursos pueden crear un espacio de esperanza en su entorno”
(Extracto de la carta Roger Schutz,  Taizé 2001)

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