La aventura de la fe VIII

Mi opción fundamental                            

salto_de_fe(Recomendación: leer antes La aventura de la fe I ; II; III; IV; V; VI; VII)

A lo largo de los capítulos de El Ateísmo, tratamos de entablar una conversación –de modo destructivo- con los frentes culturales que han negado y siguen negando la existencia de Dios. A lo largo de esta nueva singladura, hemos conversado -de modo constructivo- acerca de la posibilidad de franquear la puerta que cimienta el sentido y fundamento de la vida del ser humano; una realidad que en absoluto es parcial y superficial; ¡una realidad que es sustancialmente radical! Sigue leyendo

La aventura de la fe VII

El amor a la realidad radical

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(Recomendación: leer antes La aventura de la fe I ; II; III; IV; V; VI)

Sobraban palabras explicativas en el anterior capítulo, cuando desde Heidegger exponíamos la hoja de ruta a iniciar para el encuentro con la realidad radical. De los cuatro pasos, pueden surgirnos infinidades de preguntas que interpelan los cimientos de nuestra existencia. Pero, de modo sucinto, sigamos interrogándonos: Sigue leyendo

La aventura de la fe VI

El encuentro con la realidad radical

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(Recomendación: leer antes La aventura de la fe III; III; IV y V)

Tras la vigorosa definición de la realidad que hace Hans Küng al final del anterior capítulo, abrimos un nuevo frente en nuestra reflexión: después de haber buscado tanto, ¿no voy a encontrar ninguna respuesta al porqué de mi creencia? ¿Tanto especular para afirmar definitivamente que “no es posible definirla –la realidad– de antemano, ya que lo omnicomprensivo es por definición indefinible, indeterminable”? Sigue leyendo

La aventura de la fe V

La singladura de la realidad radical

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(Recomendación: leer antes La aventura de la fe I,  II, III y IV)

En cuanto acabé mis estudios de teología me encontré con ¿Qué es filosofía?, de Ortega y Gasset. A modo de conferencias, ¿Qué es filosofía? recapitula el pensamiento orteguiano. He de reconocer que este libro realmente no sólo es uno de los mejores que he leído, sino que ha marcado rigorosamente –como expresaría el filósofo español- mi forma de pensar. A lo largo de la obra, Ortega esgrime cuáles son los hilos que forman el pensamiento filosófico adecuado y, con astucia e ironía, aborda el tema de la realidad: Sigue leyendo

La aventura de la fe IV

¿Es Inmanuel Kant la respuesta a nuestra interrogante?

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(Recomendación: leer antes La aventura de la fe I y II y III)

¿El pensamiento de Kant nos convence? Puesto que no puedo descubrir el ser de las cosas, ¿debo tirar la toalla y, como algunos interpretan de la obra kantiana, guiarme sólo por principios prácticos? ¿Es, entonces, en el imperativo categórico donde se vive la verdad total? ¿Es allí donde se halla la realidad plena? ¿Es en la oferta kantiana donde habita mi felicidad? Sigue leyendo

La aventura de la fe III

Inmanuel Kant: modernista que piensa, sin jaquear a Dios

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 (Recomendación: leer antes La aventura de la fe I y II)

Acabamos de asomar la cabeza por el tubo del acelerador de partículas y hemos descubierto que es una máquina que no experimenta más allá de esas mismas partículas, pues no apunta hacia las preguntas radicales que son sentido y fundamento de nuestra vida. Porque este cacharro no anota el sostén de nuestra existencia, es esta la razón por la que nuestra búsqueda ha de ascender a otro nivel.

              En la segunda mitad del siglo XVIII Immanuel Kant se encontró en nuestras mismas circunstancias. Y se preguntó: ¿hay algo más que el idealismo que me rodea?; ¿algo más allá de lo empírico?; ¿quizás la trascendencia?

              La respuesta de Kant fue tan tajante como descalabrada para algunos de sus coetáneos intelectuales. Sobre todo,  la solución que da al final de su vida, cuando esgrime una crítica a la razón, tal como la entendieron sus afamados padres de la Ilustración, puesto que ¡el filósofo establece fronteras al poder omnímodo del racionalismo! Y,  sin condescendencia, lanza la estruendosa piedra que impacta sobre los cimientos del arquitecto que, posteriormente, edificará al Superhombre (Nietzsche). Veamos, de modo sistemático e intentando simplificar ideas y giros lingüísticos, su provocativo pensamiento:

1.- En la Crítica de la razón pura, Kant afrontará la metafísica tradicional como una ciencia que pretende bucear en lo suprasensible. Pero, sin embargo, no encuentra más respuesta que el noúmeno; que es “la realidad desconocida, aquella de la que nada podemos saber”. Y, como el pensador de tradición calvinista no encuentra el ser de la realidad, en su búsqueda, se arroja a una fe gestada en su propia conciencia. Y por ello, se atreve a formular: la demostración científica sobre Dios no es posible; no cabe emitir juicios científicos sobre Dios; Dios no cae dentro del espacio y del tiempo; Dios no es objeto de la percepción sensible.

De algún modo, aquí Kant pone sobre el tapete cierto agnosticismo, idea que asumirán otros, posteriormente. Cuántos hombres de  hoy tirán de este modo la toalla, aclamando: con mi razón no puedo llegar a un nivel que me asegure la existencia divina, luego ni creo ni dejo de creer.

2.- Pero, siguiendo la línea de rechazo sin atenuantes al endiosamiento de la razón, Kant desempolva a un Pascal ciertamente renovado. Y atestigua: la fe es una verdad del corazón. La fe es una verdad de la conciencia antes, durante y más allá de mi propia reflexión. Y para atar bien los cabos y explicar  el porqué y el para qué de la convicción de esos fundamentos, en su Crítica apunta así: “La fe en un Dios y en el otro mundo  está tan entrelazadas con mis convicciones morales, que así  como no corro peligro de abandonar a la primera, así tampoco me preocupa en que las segundas puedan ser jamás arrebatadas”.

Sin embargo, con esta convicción, muchos moralistas y politólogos han utilizado algunos elementos de Kant que han violado su idea vista desde la totalidad. Y, pasando de puntillas por el autor, han afirmado que las convicciones morales se gestan de manera tan intensa en el interior de cada hombre, de modo que su propia decisión moral, a pesar de muchos pesares, llega a ser sagradísima mientras no dañe a un prójimo. ¿Qué decir, entonces, de la autolesión? ¿Evitarla o, simplemente, tolerarla?

Como decimos, para estos interpretadores kantianos, la decisión radicalmente autónoma llega a ser la más importante para unos individuos que pertenecen a una comunidad con sus mismos intereses, a pesar de que otras familias advirtiesen que una actitud concreta fuera sustancialmente perjudicial para ellos.

En resúmen, si cogemos simplemente estos fragmentos de la obra kantiana, podemos estacionarnos en interpretaciones donde subyace el derecho positivo. Cuando este año he dado asignaturas relacionadas con el derecho he podido contemplar de cerca esta problemática. La escuela que Peces Barba creó en mi Universidad tiende a realizar esta interpretación de la moral kantiana (Historia de los Derechos Fundamentales). Cuando conocí a algunos profesores que tomaban solo ciertas notas del filósofo alemán, me sorprendió dicha actitud. ¡Del iusnaturalista Kant se fraguaba una filosofía positivista para el derecho! No obstante, hay que decir, en honor a la verdad, que en la obra de Peces Barba anidan intuiciones importantes.

3.-  Kant aprecia en la Crítica de la razón pura una señal. Por ello, dobla su volante y toma otro destino. ¡Se ve inspirado para hilvanar la Crítica de la razón práctica!. Ahora, el filósofo se pregunta por el placer y la felicidad. Pero, ostensiblemente, no encuentra más respuestas que el imperativo categórico de la moral. El deber es aquello que condiciona la felicidad del género humano. Pero claro, este deber está asentado, como concluimos en el anterior punto, en un orden superior: en la fe, experimentada en su conciencia. ¿Y cómo recibe el hombre ese mensaje superior? Este telegrama, aparentemente transparante, tiene como receptor directo al hombre, pues desde siempre, dicho contenido ha estado inscrito en su propio corazón. ¿Y si el remitente no puede leer o descifrar esa información? Ahí reside el quid del asunto.

El ser humano, según Kant, a través de un buceo interior se encuentra con la realidad. Pero ojo, la primavera de ese trabajo introspectivo solo tiene unos frutos muy específicos: el desvelamiento de la realidad moral. En otras palabras, según el filósofo, lo que importa son los pasos externos que va dando el hombre.

               Con este forma de entender la vida, Kant puso sobre el tapete de su época las bases de la conducta humana. En su obra Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres podemos extraer consideraciones en torno al concepto del Derecho. Pero como hemos patentado arriba, el iusnaturalismo de Kant dista del derecho de una sociedad que se enseñorea y diseña su propia hoja de ruta.

              En su teoría deontológica del derecho, a través del imperativo categórico –es decir, de lo que debe ser-, planifica la felicidad del hombre, que reside en un mínimum ético. Y, de este modo, el iusnaturalismo, que subrepticiamente ya fue defendido por los clásicos y escolásticos, siguió acrisolándose en el pensamiento de aquella época.

              Pero, ¿nos conformamos con una felicidad que se asienta en la práctica de los preceptos? En el próximo capítulo seguiremos caminando, para observar lo feliz que somos en el mar y lo desgastados que nos sentimos cuando nuestra obediencia es ejercida, sin sentido alguno, bajo un precepto. La intuición del poeta no puede ser más fina:

“De la mar al precepto,
del precepto al concepto,
del concepto a la idea;
¡Oh, linda tarea!
De la idea a la mar;
Y otra vez vuelta a empezar…”(Machado)

La aventura de la fe II

acelerador-de-particulas-3¿Algo más allá de lo empírico? 

¿Algo más allá de la experimentación?

¿Algo más allá de la razón?

 (Recomendación: leer antes La aventura de la fe I)

Hace casi un año que la Organización Europea de Investigación Nuclear (CERN) puso en marcha el acelerador de partículas. Se trata de la máquina científica más grande del mundo. Ha costado 10 mil millones de dólares y tan solo ha funcionado nueve  días. La existencia de esta máquina se  debe a la promesa hecha por miles de científicos dispersos por el mundo: a través del choque de partículas subatómicas, a una velocidad escalofriante, todos podremos comprender origen del universo.

              Pero, ¡vaya!, el intento ha sucumbido. Nueve días después del enchufazo, la máquina se desvaneció, debido a que el funcionamiento del aparato causó diversos daños a cincuenta imanes eléctricos. A pesar del elocuente fallo del sistema, sus promotores persisten en el intento. Ahora, el acelerador está recibiendo más inversiones, con el objetivo de que esté apunto antes de que finalice este año y, ¡de una vez!, podamos esclarecer a qué se debe el origen del universo. Sin ir más lejos, Michio Kaku, profesor de física en la City University de Nueva York, ha espetado:

“Los europeos y estadounidenses no están despilfarrando 10.000 millones de dólares en este tubo gigantesco para nada. Estamos explorando la vanguardia de la física y la cosmología porque queremos abrir una ventana a la creación, recrear un ápice del Génesis para descifrar algunos de los mayores secretos del universo”

              Los sones de este científico evoca el inicio de la Edad Moderna (siglo XVII) e intenta abrir un concierto presuntuoso, que rompe con una obertura que llega a nuestra memoria: la lógica y el método matemático son capaces de descifrar el aparente enigma llamado mundo; la corriente empírica y la abstracción pueden desatar el pañuelo de la ceguera del ignorante; la física y el método inductivo están dispuestos a conducirnos por la carretera que llega a la metrópoli de la ciencia única, universal y necesaria; el estudio de la materia nos encauza en la urbe del conocimiento experimental (Locke); esta música se asoma a la vivencia del emotivismo moral, del que dependen tanto las esferas del bien como la del mal (Hume).

               Aunque estos sones, que parecen haber colisionado contra las bóvedas de los últimos siglos, se desarrollan con una acústica inusitada, hay una alternativa a esta melodía. ¡La divinización del conocimiento científico se enfrenta a una disyuntiva! Sería positivo atender al testimonio de Albert Einstein, el científico más popular del siglo pasado, para otear su intuición sobre la existencia divina. Einstein desgranó un credo que asentaba sus bases en “un Dios que se revela en la armonía de todo lo que existe”. El científico de la teoría de la relatividad llegó a profesar:

“Mi religión consiste en una humilde admiración del ilimitado espíritu superior que se revela en los más pequeños detalles que podemos percibir con nuestra frágil y débil mente”.

              En capítulos anteriores hemos desmenuzado por qué apostar por algo más que la insuficiente especulación racional. En el siguiente capítulo vamos a abordar, de una vez por todas, el salto definitivo hacia la opción meta-empírica. Vamos a dejar perentoriamente la crítica que hasta el momento ha recibido el poderoso príncipe llamado Razón y su esposa, la princesa Ciencia. Creemos que ya hemos dejado claro que no firmamos el divorcio ni con el empirismo ni con el sentimentalismo, pero sí certificamos nuestra desunión con el Omnisciente Empirismo y el Omnipotente Sentimentalismo. Porque más allá de estos andamios, que restauran la fachada de un edificio, reside el palpitante corazón de un templo.

              La pena es que cuando el hombre experimenta un punzante crepúsculo nocturno en su alma, sólo entonces, es cuando profundiza en cuestiones vitales que le acongojan. Por eso, en este momento, es conveniente que demos un primer paso. La radical pregunta de por qué despunta el día sólo atisba una respuesta: Dios. La cuestión de cómo despunta el día sólo divisa una solución: la ciencia.

              El veredicto de las cuestiones radicales del género humano variará dependiendo de que Dios exista o no exista. De eso trataremos en los capítulos subsiguientes. Ahora, es preciso quedarse con las preguntas en las que se personifican el enigma planteado. Algunas de estas cuestiones fueron planteadas al comienzo del libro más importante de Ernst Bloch, El principio esperanza:

1.- ¿Qué somos? ¿Somos personas que anhelan conocerse a si mismo? ¿Somos seres que ambicionan trascender su propia caducidad? ¿Somos seres que se esperanzan ante la posibilidad de la felicidad? ¿Somos seres que ansían abrazar el verdadero cuerpo del amor? Pero, ¿y si Dios existiera? ¿Podríamos comprender el porqué de nuestras limitaciones, deficiencias y finitudes? ¿Podríamos comprender por qué tanta expectación ante el beso del eterno amor?

2.- ¿De dónde venimos? ¿Lo podríamos saber gracias al acelerador de partículas? ¿Con dicho experimento, conoceríamos, entonces, la causa de la totalidad de la realidad? ¿Nos toparíamos con la causa de todas las causas? Pero, ¿y si Dios existiera? ¿Conoceríamos no sólo el qué y el cómo, sino también el porqué de la composición de cada materia, de cada interacción entre partículas, de cada componente atómico, de cada propiedad del hidrógeno?

3.- ¿Hacia dónde vamos? ¿Cuál es el fin, misión y reputación de una empresa colectiva afamada por su nombre; Mundo? Es decir, ¿cuál es el fin de los fines? ¿Cuál es la misión de las misiones? ¿El último objetivo ha de ser una sociedad hipnotizada por el dinero y los productos tecnológicos? Pero, ¿y si Dios existiera? ¿Respondería este Ser al estrepitoso interrogante de la historia del hombre? ¿Trasluciría aquello que hace tambalear nuestros sólidos cimientos? ¿Sería capaz de revelarnos el eterno miedo? ¿Sería capaz de explicarnos el porqué de la muerte?