El ateísmo IV

El interrogante perdura

(Recomendación: leer antes el ateísmo I y II y III)

interroganteEntretanto, con la llegada del Concilio Vaticano II, se ha recalcado el valor positivo de la investigación científica para un conocimiento profundo del misterio del hombre. En este sentido, Juan Pablo II apuntaba en Fides et Ratio que las demostraciones científicas eran como una preparatio fidei, que como diría Ortega, ayudaría a descubrir esa verdad poliédrica ampliando la visión de sus prismas. Por ello, este cambio de rumbo ha de servir para que la teología y la ciencia no experimenten ni una oposición hostil, ni una aproximación distanciada y pacífica; sino una contribución dialogal, que rechace cualquier debate que quiera enfrentar posturas irreconciliables. El Concilio rompe, esperemos que de forma definitiva, la dicotomía antropológica entre la investigación científica y la búsqueda de la Roca que fundamenta y sostiene al género humano (GS 59):

              “Existe un doble orden del conocimiento, es decir, el de la fe y la razón, y que la Iglesia no prohíbe, ciertamente, el que en el estudio de las artes y disciplinas humanas se siga, dentro del propio campo, el método y principio de cada una; por eso, reconociendo esta justa libertad, afirma la justa autonomía de la cultura humana y, principalmente, de las ciencias”.

             En este orden de cosas, este artículo concluye lo que se ha estado exponiendo en anteriores entregas: la pregunta por la existencia de Dios no está en absoluto superada. Prueba de ello lo contemplamos en Consideraciones extemporáneas  de Nietzsche, donde critica a su coetáneo Strauss. Este último pensador publica la siguiente idea en La vieja y la nueva fe: el cielo de los no creyentes estaría aquí en la tierra, la esperanza cristiana sería una mera ilusión, Jesús representaría un exaltado fanático, su resurrección una patraña histórica, la abnegación de los antiguos eremitas una forma de amodorramiento. Nietzsche, irónica pero elegantemente, objeta así el pensamiento de este teólogo racionalista:

               “En la misma medida en que es tímido cuando habla de la fe, en esa misma medida se le llena la boca cuando cita a Darwin, el gran benefactor de la novísima humanidad: entonces pide fe no sólo para el nuevo Mesías, sino también para sí mismo, el nuevo apóstol”.

             Con la convicción de que la actividad científica no debe oscurecer la realidad divina, se van cerrando estos capítulos dedicados al ateísmo. Espero que, más adelante, al lector bloggero le quede aún energías para soportar otras tantas entregas más sobre el porqué de dejar abierta esa ventana por la que nos asomamos hacia la trascendencia. Retaré, así, al lector a reflexionar por qué hay tantos que nos arriesgamos, encaramándonos a esa ventana;  ¿por qué dar ese sí definitivo a Dios?

                   Dios se hace luz para el hombre (Jn 1) y es el hombre quién ha de asumir que sólo, a través de sus lentes, puede divisar Su Paisaje. Dios ni puede ser alcanzado ni puede ser tocado, como si se tratase de un objeto a poseer. La meta de todo hombre fue, sigue siendo y será descubrir aquellos misterios que van más allá de la carne, y que no se limitan a ser sanados por los instrumentos de la medicina. Ese misterioso instrumento es el de la fe (Gál 2,16), a través de la cual el hombre experimenta una vida en absoluto efímera (Gál 6,8).

             Cervantes afina su pluma en el último capítulo de su obra egregia, cuando Don Quijote y Sancho cavilan sobre el sentido de la vida, ante la muerte que acecha. El protagonista repasa su vida y hace testamento pidiendo perdón a Sancho por su aparente locura. La respuesta de Sancho es la única fórmula que cabría al cierre de nuestra reflexión:

                      “¡Ay! –respondió Sancho llorando- No se me muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años; porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más”.

                   El mismo Nietzsche, cuando se matricula en la Universidad de Bonn en filología y teología, experimenta que su fe está debilitándose. Ante dicha impotencia, durante el otoño de 1864, el estudiante entreteje una oración al perdido, evocado e incomprensible Dios desconocido, donde explicita su tensión entre el no poder ya creer y el querer aún creer:

 

“Antes de seguir mi camino
y de poner mis ojos hacia delante,nemawashi-interrogante
alzo otra vez, solitario, mis manos
hacia Ti, al que me acojo,
al que en el más hondo fondo del corazón
consagré solemnes altares,
para que en todo tiempo, su voz,
una vez más, vuelva a llamarme. 
Abrazar encima, inscrita hondo,
la palabra Al Dios desconocido:
Suyo soy, y siento los lazos
que en la lucha me abaten
y, sin huir quiero,
me fuerzan al fin a su servicio.
¡Quiero conocerte, Desconocido,
tú que hondas en mi alma,
que surcas mi vida cual tormenta,
tú inaprensible, mi semejante!
Quiero conocerte, servirte quiero”.

 

             La frustración de Nietzsche reside en haber creído que a través de sus instrumentos podría abrazar la verdad. Sin embargo, mientras que sus herramientas de conocimiento son tan opacas como muros contra el que colisionamos, para anochecer en el nihilismo; las lentes de la fe son los únicos vidrios que traslucen un amor tan desaforado como para amanecer en aquel que sólo entiende de esperanza, que solo actúa en el perdón.

 

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El Ateísmo III

Un giro teológico copernicano: la aceptación del conocimiento moderno y la unidad de las Iglesias.

(Recomendación: leer antes el ateísmo I y II)

bus EnglishEl momento en el que la Modernidad y la ciencia empírica destierran a la teología de la explicación de los fenómenos cosmológicos, el hecho religioso se torna superfluo para la mayoría de los intelectuales. La Institución religiosa occidental no sabe aceptar el desarrollo erudito del hombre racional, de modo que la única respuesta es la del combate, manifestada en una lucha encarnizada contra cualquier hipótesis que intimidase a la doctrina. Ejemplos de esta aserción los encontramos en el tratamiento del caso Copérnico, Galileo, Newton, Darwin y científicos de orden inferior que fueron severamente perseguidos.

La hostilidad entre la teología y las ciencias naturales, engendradas sobre todo en la pugna de la teoría de la evolución, desgastó el pensamiento cristiano, de modo que este se quedó anquilosado en una cosmovisión medieval. Culpables: cuantiosos. Víctimas: cuantiosas. Tanto la teología protestante fundamentalista, que seguía aferrada a las palabras literales de la Biblia, como la teología escolástica tradicional (asentada con virulencia en el latín, en el arte barroco español y en sus tramoyas supersticiosas), apartaron a muchos hombres de una fe sencilla en Jesús de Nazaret.

La interpretación literal bíblica de la creación del mundo en seis días (doctrina creacionista fraguada desde el Gn 1), la creación de una sola pareja humana (doctrina del monogenismo inventada desde el Gn 2) y la alusión a la maldad intrínseca del hombre (solucionada desde la caída de Adán y Eva en Gn 3), (recordemos que la Escritura afirma que somos imagen de Dios, aunque “llevamos este tesoro en recipientes de barro” 2 Cor 4, 7), provocó la escisión insalvable que venimos relatando.

Teólogos como Rahner, Congar, Barth y Küng, y papas como Juan XXIII y Pablo VI, agilizaron la fragmentación existente entre ciencia y religión, filosofía y teología, razón y fe. Para esta última personalidad, el drama de la sociedad occidental era la honda dicotomía existente entre el evangelio y la cultura (EN, 20). Desde ahí se fueron trazando lentos principios, que abogaron por una diáfana discontinuidad en el método teológico:

aggiornamento–          Se abrió el camino a una nueva metodología histórico-crítica de la Sagrada Escritura, que rompiese con la estricta literalidad de los textos (DV 12). Sin rechazar la inspiración del Espíritu, se deliberó despojar toda cáscara (cultura judaica) del texto bíblico, para quedarse con el fruto del mismo (su contenido y su verdad para el hombre de cualquier tiempo).

–          Con Lutero se eliminaron los métodos neoescolásticos de la cosmovisión de la realidad, que lo único que hacía eran obstaculizar el verdadero encuentro experiencial del hombre con Dios. De esta forma, la fe ya no se cosificaría, como si esta fuera dibujada escrupulosamente con una escuadra y cartabón. A partir de ese instante, el cometido de la teología fue el de plantear el sentido de la vida para el hombre coetáneo, no bajo supuestos griegos, medievales o renacentistas, sino bajo las actuales condiciones de comprensión, dentro del contexto histórico-espiritual de cada momento (GS 44).

–          Desde Hegel y Teilhard, no hemos de contraponer de modo radical las realidades mundanas con las espirituales (cosa generada desde una mala interpretación de los escritos joánicos). Entre Dios (Trinidad) y el hombre (cultura), no hay separación: en la encarnación amanece una bella correlación entre ambos (Jn 1). La Comunidad de los amigos de Jesús de Nazaret ha de hacer brillar en el mundo la verdad de su fundador, de modo que el evangelio nunca deje de inculturarse o encarnarse.

–          Las ciencias empíricas, las ciencias humanas, y el conocimiento fiducial, son integradas ahora en un mismo esquema. Mientras que la ciencia se interesará por los análisis de los datos, hechos, fenómenos, operaciones, resultados, energías y procesos; la teología se encargará del sentido último de las cosas, valores, ideales, normas, decisiones y actitudes. Por tanto, mientras que la primera disciplina analiza el cómo; la segunda reflexiona sobre el qué y el para qué.  El credo ut intellegam e intellego ut credam (creo para entender y entiendo para creer) de Anselmo ha de ser constantemente actualizado en el saber teológico.

–          La Verdad ya no se manifiesta únicamente en los ministros consagrados, como se pensaba en la Edad Media, utilizando el miedo y la obediencia con la intención de acaudalar poder. ¡La Verdad de Jesús se encarna, sobre todo, en la muchedumbre! ¡En el Reino de Dios! ¡Especialmente en los anawin (pobres)! Ellos son los principales destinatarios de la Buena Noticia (Mc 1, 15; Mt 4, 17; Mt 5; Mc 4, 26- 29; Lc 12, 13; LG 9-17). Las Iglesias, será el lugar donde los amigos de Jesús se reúnan para celebrarle.

–          Se acepta con todo esto, el valor de la autonomía del individuo en particular (Lutero y GS 41) y de las realidades terrestres y del ideal democrático en general (GS 31, 36, 75).

–          El aggiormamento del programa o declaración de intenciones del Concilio Vaticano II, aún todavía por desarrollar, y los simbólicos encuentros interconfesionales de Juan Pablo II en Asís, revelan la nueva etapa que tiene como meta el fenómeno ecuménico. Para ello, hay que sudar pedaleando en montañas pirenaicas para alcanzar la meta y arrancar el lazo del centralismo y legalismo romano, el moralismo irracional y el triunfalismo –tan extendido desde la Edad Media y criticado por los hermanos conciliares- y volver a la colegialidad (los cinco patriarcados) de los orígenes del cristianismo.

La esperanza de este nuevo rumbo de renovación representa un testimonio para el no creyente, que ve, a veces, en los Amigos de Jesús el contrasentido de no aceptar los recursos, los soportes y los valores de hoy que les pueden llevar a una vivencia más profunda y verdadera de la fe cristiana. Embarcarse en esta singladura ecuménica es labor y responsabilidad de todos los cristianos. Volver a repensar las intuiciones del primer papa católico (Gelasio I, s. V, asentadas en la falsificación de la epístola de Clemente en la que supuestamente Pedro nombra a su sucesor) y reabrir la puerta de los patriarcados es una tarea tanto dolorosa como apasionante. Aceptar este proyecto de unidad, en la riqueza igualitaria de la diversidad, sería un testimonio de Iglesias cristianas en la que todas conformasen un mismo plan y aspiración: ser sarmientos en la Vid (Jn 15, 5). Desde el caminar de las Iglesias, que descansen en la misión de una misma Iglesia:

Serían ortodoxos, aquellos que,
preocupados por la verdad de Dios,
se ocupasen de la enseñanza del Evangelio
y el catolicismo con inigualable pasión.

Serían católicos, aquellos que,
preocupados por la continuidad y la universalidad,
se ocupasen de la enseñanza del Evangelio
y la ortodoxia con inigualable humildad.

Serían evangélicos, aquellos que,
preocupados por la Escritura,
se ocupasen de la enseñanza de la fe,
ortodoxa y católica, con inigualable sencillez,
siguiendo perennemente las huellas,
y el auténtico rostro, de Jesús de Nazaret.

 

El ateísmo II

La verdad: interrogante transformado en irreligiosidad infundada.

(Recomendación: leer antes El ateísmo I)

20070502092940-ateoUna vez visto en el artículo anterior el nacimiento del ateísmo, es preciso ahora adentrarse en dicha empresa y observar sus distintas oficinas y salas de reuniones. Desde los presocráticos la aspiración de todo ser humano ha residido en la búsqueda del conocimiento, con el objeto de descubrir la verdad y abrazar la felicidad. Desde esta premisa, una de las salas del ateísmo, presididas por Adorno, podría reprochar al fenómeno religioso las siguientes formulaciones:

Por qué las Instituciones, en vez de plantear la cuestión de la cosmovisión de la realidad (verdad), han recurrido a la necesidad de la religión (corriendo el peligro de convertirse en mera superstición; sentimientos y sensaciones irracionales; doctrinas esgrimidas en fórmulas mecánicas disfrazadas de oraciones, etc.).

Por qué las Instituciones, en vez de solicitar la verdad de la religión, han recurrido a la necesidad de lazos familiares (tradiciones socioculturales) ya que a veces, “por precaria autonomía se elige lo heterónomo”.

              En este sentido, no es coherente apartar la racionalidad de nuestra existencia, aunque tampoco sería lícito absolutizarla. Los utensilios racionales comportan una importante dimensión, a través de la cual nos podemos acercar a la totalidad de la realidad tal cual es. Por ello, el siglo XVI abrió una etapa importante, pero peligrosa para un conocimiento íntegro de la verdad. A personalidades de esta época (filósofos como Descartes, Spinoza, Leibniz, Voltaire, Lessing, Strauss o Kant; y científicos como Copérnico, Galileo, Kepler, Newton y Boyle) podríamos esbozarles las siguientes cuestiones: ¿Puede vivir el hombre exclusivamente de la razón?; ¿posee la ciencia natural sus límites de conocimiento?; ¿puede la ciencia moderna prescindir de Dios?; ¿ha sido necesaria la aparición del ateísmo modero? Pero sabemos que en los rudimentos de esta etapa moderna la mayoría de los pensadores dejaban una abertura al fenómeno trascendental. En consecuencia, afirmaban sigilosamente que la realidad no es unilateral; sino pluridimensional, salvaguardando el hecho de que razón y fe jamás quedasen despedazadas. No obstante, estrenaron un andamiaje filosófico que iba a volver a los inicios de la historia, donde se reconstruiría la Torre de Babel: salieron a la palestra otros pensadores que, directa y vehementemente, negaron la existencia de Dios (Freud, Feuerbach, Marx y Nietzsche como insignes representantes).

              A ellos, desde la otra orilla, desde la empresa religiosa, también  podríamos exigir a los anteriores pensadores un planteamiento honesto sobre la verdad, ya que sus metodologías hacen cuestionable la no existencia de Dios; pero no logran dar el paso definitivo que pruebe su inexistencia.

Feuerbach plantea la superación de la religión en sus escritos: “convertir a los hombres de teólogos en antropólogos, de teófilos en filántropos, de candidatos del más allá en estudiantes del más acá, de camareros religiosos y políticos de la monarquía y la aristocracia celestial y terrena en ciudadanos de la tierra conscientes de sí mismos”. Lo que hace el pensador es utilizar un método antropológico, eludiendo todo procedimiento trascendental y, de esta forma, profetiza la muerte del cristianismo. Así pues, sobrevive de una fe indemostrable, que es la fe en la naturaleza humana.

– El socialismo ateo esboza la extinción de la religión. Engels asienta su pensamiento en el materialismo histórico y en el opio de Marx y, este, en el de Feurbach (“el hombre hace la religión”). Joseph Dietzgen, amigo de Marx y Engels, actualiza el significado de la arista que muestra ahora este tipo de ateísmo: “Sí, la democracia social es la verdadera religión, la única Iglesia que salva, en la medida que persigue el objetivo comunitario no por caminos fantásticos, no con plegarias, deseos y suspiros, sino por el camino real, efectivo y verdadero, por la organización social del trabajo manual e intelectual… La socialdemocracia vive de la fe en la victoria de la verdad, de la esperanza en la redención de la esclavitud material y espiritual, del amor a la igualdad del derecho de los hombres”. Aquí también se utiliza un método (sociopolítico) que elude el trascendental y, al mismo tiempo, sobrevive de una fe, también indemostrable, que es la fe en la futura sociedad socialista.

Freud defiende la disolución de la religión, argumentando que el desiderium Dei, propuesto en su día por Agustín, es una aspiración e ilusión infantil y una mera creación del propio deseo. De este modo, el pensador reemplaza la fe en Dios por la fe en la ciencia, revocando así la primera: “No, nuestra ciencia no es una ilusión”. Esta reflexión queda trazada a través de un método psicoanalítico (el fenómeno religioso se atribuye a la neurosis y a la líbido), esquivando afrontar el problema desde un ángulo metafísico. Aquí también sobrevive una fe, igualmente indemostrable, que es la fe en la ciencia irracional. Además, otros psicoanalistas (G. Jung, E. Fromm y V. Frankl) han destacado justamente el argumento contrario que su fundador esgrime, ya que para Jung: “la falta de religión, de religión viva, es causa de múltiples neurosis”.

– En La gaya ciencia, Nietzsche anuncia el nihilismo. La nada se apodera no solamente de la reflexión de que hacía Schopenhauer sobre la existencia de un ser superior, sino que todos los valores se tambalean. Tras entonar un sonoro Requiem aeternam deo, proclama la superación del mismo, tras un frustrante romance amoroso con la joven rusa Lou von Salomé. Motivo que le incita a destronar los valores tradicionales en Así habló Zaratustra. Tras verse fracasado en sus experiencias sentimentales, endiosa la voluntad de poder humana, desde una visión social antidemocrática (aristocrática) y  antialtruista, limitada a engrandecer la egolatría.

               En síntesis, ni Feuerbach, ni Marx, ni Freud, ni Nietzsche han tratado una metodología adecuada para afirmar que la Biblia es simplemente una ficción y que Dios es su protagonista. Tanto la existencia como la inexistencia de Dios permanece hoy como un gran interrogante, al cual aún no se le ha dado una respuesta ni empírica, ni filosófica, ni racional. A tenor de todo esto, Machado susurraría los siguientes versos:

“Dice la razón: Busquemos la verdad.
Y el corazón: Vanidad.
La verdad ya la tenemos.
La razón: ¡Ay, quien alcanza la verdad!
El corazón: Vanidad.
La Verdad es la esperanza.
Dice la razón: Tú mientes.
Y contesta el corazón:
Quien miente eres tú, razón,
que dices lo que no sientes.
La razón: Jamás podremos
entendernos, corazón.
El corazón: Lo veremos.”

El ateísmo I

Punto de partida de la problemática: la ejemplaridad

Si preguntamos a cualquier colega chasqueado del hecho religioso, señalará indefectiblemente a la Institución  como lugar que acaudala la culpabilidad de su decepción. Los grandes críticos de la religión han destacado la misma razón que el ateísmo popular arguye. El feto de esta irreligiosidad se puede elucidar rudimentariamente en el nominalismo y, consecuentemente, en el método cartesiano.

 Sin embargo, la primitiva crítica explícita que arremete contra el hecho religioso la encontramos en la Ilustración (Rosseau). Posteriormente, el siglo XIX muestra la faz de una crítica catalogada como clásica (Feuerbach, Strauss, K. Marx y Freud). En el siglo pasado y, por tanto, en los escritores actuales, los vestigios del ateísmo son trazados desde el pensamiento de Adorno, Horkheimer y H. Albert, provenientes principalmente de la Escuela de Frankfurt y de la teoría crítica. Este ateísmo que, a veces ha adquirido forma humanista (Sartre, Moliere, Voltaire, Nietzsche, Shakespeare, Schopenhauer), política (jacobinos, Marx, liberalismo antieclesiástico aburguesado) o científica (La Mettrie, Laplace, A. Comte) viene determinado por la crítica de cualquier no creyente, donde su vértebra muestra la siguiente elucubración: la interdependencia existente entre el problema de Dios y el problema de la Institución.

              El mismo Horkheimer es capaz de estudiar la esencia del ateísmo en Noticias, su obra tardía. En su reflexión viaja, subrepticiamente, una especie de mitigación de su anterior y feroz crítica al fenómeno religioso, sosteniendo la idea que aquí estamos proponiendo acerca del nacimiento del ateísmo:

“La religión cristiana no ha sabido traducir su convicción de la existencia de un Dios infinitamente bueno a la práctica de la historia que ella misma ha regido y acuñado. (…). Sus representantes no han hecho creíble el supuesto de un Dios infinitamente bueno y no han actuado en el sentido de un Creador y Hacedor divino, sino que ha perpetrado múltiples infamias y crueldades que han puesto la religión al servicio de los malos instintos del hombre. Tristes ejemplos de esto son las cruzadas y las quemas de brujas. El despecho del hombre hundido en situaciones indignas ha sido desviado hacia víctimas indefensas y otros objetos de agresión. Esta praxis ha causado a la religión graves perjuicios”.

              En otras palabras, podríamos formular la siguiente pregunta al ateísmo de cualquier tiempo: ¿tendría Dios otra apariencia para usted si en vez de observarlo desde la Iglesia en general lo encontrase en la persona de Jesús en particular? Avanzando aún más en el desvelamiento del mapa de ruta del ateísmo, podríamos ofrecerle sobre el tapete de su camarote la razón de ser de su navegación, que puede que incluso él mismo, como capitán del navío, desconozca: la poca armonía encontrada entre teoría y praxis en el hecho religioso. Si no es esa la razón de su actual navegación, si era al menos la excusa por la que huyó de aquel puerto religioso…

              Sin embargo, la praxis no es el criterio que ha de regir la verdad de la teoría. ¡No es legítimo identificar la cosmovisión religiosa con el aprovechamiento de su ejemplaridad! No obstante, toda teoría debe llevar al cumplimiento ejemplarizante de la misma. No me cabe duda de que esta humilde respuesta sería la que mi amigo José María Avendaño daría a cualquier no creyente, en sus Apuntes de Vida y Esperanza:

“Está claro que hacemos lo que podemos,
pero todo eso no es suficiente,
porque hemos de confiar más en Dios,
y ser portadores de la felicidad,
y que los juicios vivan lejos de nuestro corazón,
y que el agua de la esperanza calme la sed del angustiado,
y que (…),
y que el amor esté en toda nuestra vida,
y que entendamos que Dios habla nuestro mismo idioma,
y que no es enemigo del ser humano”.

“The divine assessment” or the divine assassination?

Irán revive la revolución del 68

Ahmadineyad ha catalogado el resultado de los comicios como “the divine assessment. Y no le falta razón. Que en la web de Mussavi aparezca, a las 23.00 horas el 12 de junio, que su partido reformista tiene el 65 % de los votos y que minutos después sea desmentido por un comunicado oficial del Ministerio del Interior, asegurando que el partido conservador ha conseguido el 69%, es, cuanto menos, no una valoración sospechosa, sino un hecho inusitadamente milagroso. Hoy domingo, el gobierno iraní ha fijado la cifra de un 63% de electores votantes del partido conservador.

                Ante esta facunda multiplicación de panes y peces, la reacción de la comunidad internacional no ha podido hacer otra cosa: Obama, H. Clinton y Solana, se han quedado absortos, llamando a la revisión de los sufragios; Chávez, HamásHizbulá y, suponemos que también, Kim Jong II se han unido para juntar sus copas y brindar por la supuesta victoria del superhombre. El temor de cualquier Zaratustra de pacotilla es que sus conciudadanos osen de emprender la peligrosa hazaña de to travel west.

             La democracia del west es como una serpiente venenosa que podría reavivar la energía insurrecta  del 60% de los estudiantes universitarios del país iraní, que son ya mujeres y reclaman un profundo cambio social sin paliativos. Pero sus líderes creen que el pernicioso sistema occidental podría aniquilar la esencia de la raza iraní. Por ello, cualquier Revolución Sexual, todavía incipiente en grupúsculos casi diáfanos de dicha sociedad oriental, ha de ser perseguido por los basiyis. Los Zaratustras del XXI creen que la senda reformista de Musavi es la fórmula más eficaz de perder el abundante petróleo, que puede seguir desafiando con virulencia y armamentos nucleares a la otra raza, a los del west. Razón suficiente como para insertar miedo en las mentes y en los corazones de la población: ¡hemos de advertir que Musavi no introduce progreso! Para ellos, el cambio social del reformista sería un indicador que anuncia el estacionamiento de Irán en la esfera internacional. Estarían sumisos a las hordas intelectuales y tecnócratas del west y, en consecuencia, gritarían desde el almenar de esas mezquitas tan alejadas del espíritu y la misión del Corán: ¡no podemos ser musulmanes tibios y convencionales!

               Las riendas de este mensaje han sido tan enérgicamente espoleadas que el brío del caballo le ha hecho galopar con una celeridad excesivamente demente, propia a la de cualquier ser no perteneciente a la raza humana. Dicha presteza se materializó este fin de semana, de forma inmediata, debido a la supresión de los soportes comunicativos de Musavi (su web y su presencia directa en internet). A este estigma hay que añadir la censura de entrevistas al partido opositor, restricción de libertades en los programas de televisión y, lo más deleznable, el cierre de tres periódicos de tendencias reformistas.

                Volvemos a revivir periodos que actualizan nuestra Década Ominosa. ¡¿Cuántos Larras estarán quedándose enmudecidos en Irán?! Ahmadineyad llama a la sublevación contra toda opresión externa; ¡se considera revolucionario! Historia vivida ya en nuestra España, tras el triunfo de los gloriosos revolucionarios de 1868, que nos rescatarían del terror absolutista ad eternum. Por extensión, el oligarca iraní viaja en la singladura de librar a su pueblo, ¿de un cesarismo parecido? El despotismo del west.

                Los caciques furtivos siguen repicando las campanas que alertan de opresión en el siglo XXI. Si Ahmadineyad se atreviera a leer la tercera parte de la obra de Stieg Larsson me gustaría situarme delante del dictador para observar sus expresiones faciales. Desconozco si el escritor y periodista sueco lograría convertir el alma medieval del oriental, pero si las neuronas del tirano le proporcionasen un mínimo de cordura, detectaría el mensaje subrepticio de la novela: hasta qué punto la violencia del estado y de las instituciones pueden alienar a sus mismos clientes, a sus ciudadanos, transformados en víctimas.

               Las revueltas que este fin de semana denuncian el “acto golpista” del fundamentalista, actualiza el hastío de una población que sale a la calle en el mayo del 68. Desde este fenómeno, pongamos de relieve la irreductibilidad humana que predica el existencialista. J. P. Sartre, que nos advierte: “soy responsable hasta de mi propio deseo de rehuir de las responsabilidades. Hacerme pasivo en el mundo, negarme a actuar sobre las cosas y sobre los Otros, es también elegirme”. Pero en Las palabras vemos que el filósofo expresa su pensamiento, sacudido por la angustiosa y vulnerable impotencia existencial:

“Durante mucho tiempo tomé mi pluma como una espada, ahora conozco nuestra impotencia. No importa, hago, haré libros; hacen falta; aún sirven. La cultura no salva a nada ni a nadie, no justifica. Pero es un producto del hombre: el hombre se proyecta en ella, se reconoce: solo le ofrece su imagen este espejo crítico. Por lo demás, este viejo edificio en ruinas, mi impostura, es también mi carácter; podemos deshacernos de una neurosis, pero no curarnos de nosotros mismos”.

               En momentos en los que la humanidad se siente amenazada por la crisis económica (capitalismo desmedido), crisis política (Venezuela, Irán, Corea del norte , Cuba e Israel) y crisis de valores (positivismo llevado a su máxima consumación), es preciso desempolvar la esperanza que el resto de Israel mantuvo y proclamar que el Amor reinará cuando los corazones descubran su verdadera esencia. Con esta máxima y con la esperanza del anhelado encuentro, zanjemos el atoro de J. P. Sastre, para que el género humano no solamente cure su neurosis sino que halle su verdadera esencia; a través de sus vías naturales (según Aristóteles: sensaciones; sentido común; imaginación; entendimiento agente; entendimiento paciente; abstracción; conceptos universales y ciencia), y a través de los caminos trascendentales (S.E.). Para ello, los Zaratustras del XXI tendrían que desocupar las parcelas que asfixian la libertad.

¿Por qué la izquierda no repudia el aborto?

Estos últimos días la polémica del aborto se escenifica de modo absoluto. Mientras que ayer observabamos que los medios de comunicación denunciaban las palabras de Cañizares y, a modo de contraataque, hoy contemplamos al PP desenvainar su espada para defender al cardenal;  la semana pasada se abría esta porfía de manera más sagaz en la facultad americana de  Notre Dame, como muestra el video de abajo. La exclusiva pregunta que cabría en una sociedad tan desarrollada como la nuestra busca hallar por qué no se inicia un diálogo que modere cualquier impulsividad entre ambas posiciones:  ¿Por qué ese derroche de vehemencia en un debate que no va más allá de imperecederas posturas irreconciliables?

              En una civilización que se vanagloria de ser el ideal de Estado que garantiza derechos como el de la libertad, la igualdad o la solidaridad, es insentato ejercitarse en el sórdido exterminio de la palabra. Las constituciones occidentales que abogaron por el progreso humano  han de ser interiorizadas tanto por los representantes como por los ciudadanos de la sociedad. Todo aquel que no presuma de dialogar y conciliar ideas, para que el hombre continúe edificando su andamiaje, está abocado a esa autoalienación humana, que Nietzche no se cansa de exhortar en su nihilismo activo.

              Entretanto, como dirían los clásicos presocraticos y, hasta el mismo Silvio Rodriguez; “el tiempo pasa, nos vamos haciendo viejos”. Y de este modo, no nos enfretamos a la faz verdadera del problema. Y para elucidar la cuestión, ni siquiera sería necesario ir a la esencia de las cosas, viajar a la causa primera de todas nuestras voluptuosidades o desencantos. Es decir, que no sería ineluctible desempolvar el capítulo cuarto del libro duodécimo de Metafísica, donde Aristóteles hace un llamamiento humano a resolver cualquier problema desde la “causa primera de todas las cosas”, que es “la esencia eterna”.

               La biología nos ilustra al respecto, argumentando que la célula resultante de la concepción anexiona combinaciones genéticas propias. En este sentido, el embrión está lleno de vida pero, en contra de lo que podría pensar Bibiana Aído, de vida genética humana. De este modo, si el proyecto de ley se impone en nuestra sociedad, la aniquilación del inocente seguiría estando garantizada, ya que el mayor o menor tamaño del embrión no delimita la dimensión de la pérdida humana.

              En estos últimos días algunos socialistas han enarbolado lo siguiente: “rechazamos el aborto porque somos de izquierda”. De modo inaudito decían que era “pseudoprogre” defender el aborto. Inaudito porque esto no corresponde con el clamor popular tanto de la izquierda nacional como de la  supranacional. Si definimos como progreso a la “acción de ir hacia adelante”, si la idea de progreso cree haber  luchado siempre en pro de la dignidad de la persona (art. 10 CE), ¿por qué  se cataloga de progresista la defensa del aborto?; ¿no seremos más progresistas aquellos que lo repudiamos? El corazón del género humano necesita ser salvado desde todos los ángulos de sus dramas. En consecuencia, terminamos el artículo desde la misma incognita que se expone en el título del mismo, ya que es demasiado dificultoso hacer un ejercicio intelectual que justifique  la exculpación de esta atávica lacra.

 

Luz verde para un coche sin gasolinas

El PSOE rectifica y se autocorrige el exámen de Económicas

Los socialistas dan marcha atrássurtidor-de-gasolina, y sus propuestas quedan salvadas, pero descafeinadas y desdibujadas. El PP votó con -¿sus  nuevos amigos?- CIU y PNV. Pero el PSOE dice “ganar” al pactar con grupos pequeños izquierdistas -¿del mismo perfil ideológico?- Finalmente, no queda abierto el tope para la deducción de vivienda, ni hay cifra concreta para las ayudas automovilísticas, ni ordenadores que prometan Sobresaliente a aquellos alevines que lo utilicen.

               ¿Por qué no ha encontrado apoyo en PNV y CIU? Mientras los primeros tienen motivos tan evidentes que no necesitan ser explicados, los segundos sigue manteniendo un divorcio con el gobierno español que va adquiriendo dimensiones sempiternas. Para ello, el PSOE debería haber fraguado un discurso “menos centralista” y, por ende, “menos anticatalanistas”, dejando mayor cobertura a la política aeroportuaria, independentista y financiera de los catalanes. Así de abiertamente lo manifestaba  Joan Tardà de CIU en 24 horas de RNE.

                No sabemos si el encuentro de ayer sirvió para que florecieran nuevos amores en el hemiciclo. Eso está por ver, tanto por parte tanto de los que ocupan las sillas azules como la de sus opositores. Lo que sí parece irrefutable es que el gobierno ha dado luz verde a un vehículo que no le queda ya ni una gota de combustible. La embestida del que viene por atrás puede ser frustrantemente colosal. Tras una semana en búsqueda de petróleo en un cálido desierto, seguimos estacionados en medio de la pista del circuito. ¿Para qué entonces el debate? Puede que nuestro Presidente se fuera anoche a la cama haciéndose la misma pregunta.